Final explicado de 'Monstruo: la historia de Lizzie Borden', la serie de Ryan Murphy que arrasa en Netflix
Netflix ha vuelto a colocar en el centro del debate televisivo uno de los crímenes sin resolver más famosos de Estados Unidos. “Monstruo: la historia de Lizzie Borden”, la cuarta temporada de la antología de true‑crime creada por Ryan Murphy e Ian Brennan, llegó a la plataforma el 17 de septiembre de 2026 con sus ocho episodios disponibles de golpe y se ha convertido en uno de los estrenos más vistos del mes en España.

La serie está encabezada por Ella Beatty en el papel de Lizzie Borden y reúne a un reparto de peso: Charlie Hunnam interpreta a Andrew Borden, Rebecca Hall a su segunda esposa Abby, Vicky Krieps encarna a Bridget Sullivan (a quien la familia llama “Maggie” para no confundir su nombre con el de la antigua criada) y Billie Lourd da vida a Emma, la hermana de Lizzie.
De la violencia familiar al juicio
Ambientada en la Fall River de Massachusetts, la producción sitúa a Lizzie en el corazón de una familia victoriana marcada por tensiones, secretos y abusos. Andrew y Abby aparecen como figuras autoritarias y distantes, mientras Bridget ocupa un lugar central en la trama, una innovación que la serie destaca respecto a otras adaptaciones del caso. La narración reconstruye los brutales asesinatos a hachazos de Andrew y Abby Borden en la casa familiar de agosto de 1892, para seguir de cerca la investigación policial, las sospechas que recaen sobre Lizzie y el proceso judicial celebrado en New Bedford.
En esta versión ficticia, la serie no oculta que Lizzie es la responsable de los crímenes, aunque matiza que no actuó sola y sugiere una implicación directa o indirecta de Bridget en los hechos. El veredicto judicial coincide con la historia real: el jurado declara a Lizzie no culpable y ella recupera la libertad. Sin embargo, los episodios finales dedican tiempo a mostrar las consecuencias de esa absolución, el rechazo social, el estigma permanente y la transformación de su nombre en una leyenda negra.
El cierre de la serie subraya que, aunque Lizzie gana el juicio, pierde el control sobre su propia narrativa. Su figura queda fijada en el imaginario colectivo como “la loca del hacha”, un arquetipo que trasciende los hechos probados y la convierte en un símbolo de la violencia femenina en la América de finales del siglo XIX. Este tratamiento conecta con uno de los temas recurrentes en la obra de Murphy: la distancia entre la verdad legal y la verdad social, entre lo que decide un tribunal y lo que la cultura decide recordar.
El aspecto más comentado del final es la sorprendente conexión entre Lizzie Borden y Aileen Wuornos. En los últimos minutos del episodio final, titulado “Carnival”, Wuornos enfrenta sus últimos momentos antes de la ejecución y tiene una visión en la que aparecen Lizzie y Maggie, quienes la invitan a acompañarlas. El montaje une ambas historias de forma deliberadamente surrealista: mientras Wuornos muere al ritmo de “Carnival”, la misma música suena durante una celebración sufragista a la que asiste Lizzie. Netflix ha aclarado que no existe evidencia histórica de que Aileen Wuornos estuviera obsesionada con Lizzie Borden; la conexión se creó exclusivamente para establecer un vínculo temático entre ambas historias.
En la vida real, Lizzie Borden murió en 1927 sin que se demostrara legalmente su responsabilidad en los asesinatos de su padre y su madrastra, y el caso sigue alimentando teorías y debates más de un siglo después. La serie, en cambio, toma partido y plantea que Lizzie fue responsable, aunque contó con la ayuda o, al menos, la complicidad de Bridget. A partir de esa premisa, el final trabaja la idea de que escapar de una condena judicial no equivale a escapar de la historia que la gente construye alrededor de una persona: Lizzie gana la batalla legal, pero pierde el control de su nombre, que queda fijo como símbolo de horror y controversia.
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