'El imperativo categórico': cuando la convivencia es un campo de batalla
El imperativo categórico, obra de la dramaturga Victoria Szpunberg y dirigida por la propia autora, forma parte de la programación del Teatre Lliure y se presenta en el Teatro de La Abía hasta el 4 de octubre. La puesta en escena está a cargo de Sandra Monclús (Ella) y Xav i Sáez (Él), quienes exploran, a través de un lenguaje escénico escabroso, el desconcierto que caracteriza a la sociedad contemporánea.

El texto sitúa al espectador en un territorio donde las certezas se desmoronan y sólo quedan preguntas incómodas sobre la forma de vivir, relacionarse y pertenecer a un mundo que parece empeñado en excluirnos. La narrativa avanza como una búsqueda a tientas, un intento de agarrar estrellas sin luz, mientras la realidad se vuelve difusa y las pasiones imitativas parecen haberse evaporado, dejando paso a una competición silenciosa y a una supervivencia cotidiana.
Una puesta en escena que cuestiona el presente
Szpunberg dibuja un paisaje de horizontes grises donde la precariedad se vuelve atmósfera: viviendas y relaciones frágiles, afectos vacíos, y una soledad que trasciende la ausencia física para convertirse en desarraigo profundo. La obra muestra cómo la precariedad deja de ser una mera circunstancia para transformarse en una forma de estar en el mundo, y cómo la falta de referencia educativa genera vacíos que la propia sociedad parece incapaz de llenar.
La interpretación de Monclús y Sáez sostiene la fragilidad del texto sin perder el filo necesario para generar tensión. Con gestos mínimos, pausas y miradas, la pareja crea una atmósfera inquietante que revela, bajo la ironía y el absurdo, una violencia latente. La pieza sugiere que la frustración acumulada puede convertir la convivencia en un campo de batalla, y que la respuesta no es huir de la guerra sino avanzar hacia ella.
Los personajes expresan la necesidad de refugiarse en la soledad, de convertirse en anacoretas que buscan un espacio donde el ruido del mundo no los alcance. El título, tomado de la filosofía kantiana, se vuelve una imposición de actuar por deber, sin la ilusión de un beneficio personal, aunque ni siquiera ese deber ofrece un refugio seguro, sino más bien un “trastero” o un “zulo” simbólico.
La mayor virtud de El imperativo categórico radica en que no brinda respuestas tranquilizadoras. Szpunberg coloca al espectador frente a un presente lleno de grietas y lo obliga a reconocerlas: la ausencia de cantos de pájaros, la falta de gorriones y la visión de árboles sin hojas que parecen destinados a perderlas.
A pesar de todo, la obra invita a seguir mirando, a buscar la última estrella que aún brilla, aunque sea sin luminosidad. La puesta en escena continúa su ciclo hasta el 4 de octubre, ofreciendo al público una reflexión intensa sobre la fragilidad de la existencia contemporánea y la necesidad de encontrar sentido en medio del caos.
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