Kurapaty y Babi Yar: la burocracia ante la fosa
En la zona periférica de Minsk, el bosque de Kurapaty se ha convertido en un silencioso testigo de una de las mayores atrocidades cometidas por el aparato de seguridad soviético. Entre 1937 y el verano de 1941, el NKVD utilizó ese pinar como sitio de ejecuciones masivas. Los detenidos, trasladados en camiones desde las prisiones de la capital, eran condenados en juicios secretos, sin comparecer ante un tribunal y bajo acusaciones estandarizadas de espionaje, sabotaje, nacionalismo o actividades contrarrevolucionarias. Tras la noche de traslado, recibían el tiro de fusil en la nuca y sus cuerpos eran depositados en fosas cavadas bajo los pinos.

Una investigación iniciada en 1988 atribuyó las matanzas al sistema soviético y estimó un número no inferior a 30 000 entierros. Excavaciones posteriores redujeron la cifra mínima comprobable, mientras que el líder nacionalista Zianón Pazniak sostuvo que el número real supera con creces ese cálculo. La ausencia de una investigación integral y la falta de acceso a los archivos siguen impidiendo determinar la cifra exacta.
La Orden 00447 del NKVD clasificó a los sospechosos en categorías y asignó cuotas territoriales de ejecución. Una categoría conducía a los campos de trabajo forzado, otra al fusilamiento inmediato. Obreros, campesinos, funcionarios, maestros, escritores y miembros de minorías dejaron de ser individuos para convertirse en cifras dentro de una operación de depuración política. El objetivo no era castigar actos concretos, sino eliminar a toda una clase humana considerada enemiga del Estado.
Entre los desaparecidos en esos meses se encontraba gran parte de la élite cultural bielorrusa. La noche del 29 al 30 de octubre de 1937, más de cien escritores, profesores, médicos y funcionarios fueron fusilados; muchos de sus restos nunca fueron localizados y no todos descansan necesariamente en Kurapaty, lo que mantiene incompleto el registro de víctimas.
Comparación entre Kurapaty y Babi Yar
Alrededor de quinientos kilómetros al sur, en los suburbios de Kiev, el barranco de Babi Yar ofrece una comparativa cruda. El 29 y 30 de septiembre de 1941, unidades de las SS, la policía alemana y colaboradores locales asesinaron a 33 771 judíos, cifra que figura en el informe de los verdugos enviado a Berlín. En dos días, la población judía fue convocada, conducida al barranco, desnudada y ejecutada por disparos masivos. En los dos años siguientes, el mismo lugar acogió la muerte de gitanos, enfermos psiquiátricos, prisioneros soviéticos y civiles, y la investigación soviética de 1943 calculó alrededor de 100 000 víctimas en total.
Comparar ambos crímenes no implica equiparar sus motivaciones. El nazismo persiguió una guerra racial cuyo objetivo central era el exterminio del pueblo judío; basta con haber nacido judío para ser condenado a morir en Babi Yar. Kurapaty, por su parte, respondió a la lógica del estalinismo: una depuración política, social y nacional que fabricaba conspiraciones, forzaba confesiones y renovaba constantemente la lista de enemigos.
Lo que sí comparten es el método burocrático. Ninguno de los dos episodios fue fruto de un arrebato espontáneo de violencia descontrolada. Existían listas, órdenes escritas, camiones, vigilancia, armas, turnos y partes de servicio. En Kurapaty, las “troikas” aprobaban expedientes sin necesidad de pruebas; en Babi Yar, los judíos eran obligados a presentar documentos, dinero y ropa, y se les engañaba con la promesa de traslados que nunca se materializaban. Cada agente del proceso cumplía una función específica –detención, transporte, custodia o ejecución– y podía alegar que solo había ejecutado su parte del plan.
Ambos lugares también comparten características geográficas: un bosque y un barranco situados a poca distancia de la ciudad, accesibles para camiones y ocultos a la mirada de la población. En Kurapaty, tras los entierros, se plantaron pinos sobre algunas fosas; en Babi Yar, cuando el Ejército Rojo se acercó en 1943, los nazis obligaron a unos trescientos prisioneros a desenterrar y quemar los cuerpos, intentando borrar pruebas.
La historia posterior muestra una ironía palpable. La Unión Soviética, responsable de Kurapaty, liberó Kiev y documentó Babi Yar, pero durante décadas evitó reconocer que los judíos fueron el principal grupo asesinado allí, limitándose a referirse a “ciudadanos soviéticos” en el monumento de 1976. En Kurapaty, el régimen negó la existencia del sitio y, cuando la negación resultó insostenible, permitió una memoria fragmentaria: el bosque se llenó de cruces particulares mientras el poder mantenía una distancia incómoda.
Fue en junio de 1988 cuando Zianón Pazniak y Evgueni Shmygalyov rompieron el silencio sobre Kurapaty con la publicación de “El camino de la muerte”. Las excavaciones revelaron cráneos con disparos en la región occipital, munición soviética y objetos personales como gafas, zapatos, medallas y prótesis dentales. Aunque los archivos se negaban a proporcionar nombres, los objetos sí ofrecían pistas sobre las víctimas. El hallazgo impulsó el movimiento nacional y democrático bielorruso, demostrando que quien controla la fosa intenta controlar la memoria del país.
En palabras de Hannah Arendt, citadas en el contexto de los crímenes de ambos regímenes: “Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terriblemente normales.” La banalidad del mal se manifestó tanto en la maquinaria soviética como en la nazi, donde la precisión documental y la puntualidad de los funcionarios permitieron la ejecución de decenas de miles de personas.
Mira tambien:


Deja una respuesta