Un funeral en tatami y el ministro al borde del drama

El funeral por las víctimas del accidente ferroviario de amuz se celebró en un polideportivo de Huelva, convirtiéndose en un acto de alto simbolismo institucional y religioso. La ceremonia, de carácter católico, estuvo marcada por una notable presencia de autoridades eclesiásticas, con numerosos obispos y sacerdotes que, en su conjunto, dieron al acto un aire casi litúrgico, como si el pabellón deportivo se hubiera transformado en una catedral improvisada. La escenografía, austera pero solemne, contrastó con la discreción política: los principales responsables del gobierno central no asistieron, evitando así una posible oleada de rechazo por parte de las familias de las víctimas.

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Presencia institucional con ausencias notorias

Entre los asistentes se encontraban el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, y representantes del Gobierno como María Jesús Montero, Luis Planas y Ángel Víctor Torres, todos ellos con una actitud contenida, casi temerosa. La realeza sí estuvo presente, aportando un peso simbólico que elevó el tono del evento, aunque no logró ocultar la sensación de que faltaban quienes, por responsabilidad directa, deberían haber estado al frente del duelo: el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ministro de Transportes, Óscar Puente.

La ausencia de ambos fue interpretada como una estrategia de distanciamiento ante lo que muchos consideran no solo una tragedia, sino una consecuencia de la negligencia administrativa. Las familias de las víctimas, aún en duelo, parecieron rechazar de forma tácita cualquier intento de instrumentalización del luto por parte del Ejecutivo. No se trataba de negar el homenaje, sino de negar la legitimidad de quienes han sido señalados por la gestión deficiente del sistema ferroviario.

La gestión de la tragedia como nueva forma de gobernar

  • Óscar Puente intervino en el Senado días después, defendiendo con frialdad su actuación: “No se pudo hacer mejor gestión de la tragedia”.
  • Según su argumento, el papel del gobierno ya no es prevenir desastres, sino “dar la cara” cuando estos ocurren.
  • Este enfoque convierte el duelo en un ejercicio de relaciones públicas, donde lo importante no es el funcionamiento del servicio, sino la imagen durante la crisis.
  • Antes del accidente, el ministerio parecía inactivo: trenes con retrasos, vías deterioradas, infraestructuras obsoletas, advertencias ignoradas.
  • Tras el siniestro, Puente aseguró haber dormido apenas tres horas diarias, como si el trabajo comenzara con la catástrofe, no antes.

El discurso de “gestionar la tragedia” ha sido criticado como cínico y peligroso. Gobernar no debería consistir en aparecer tras el desastre, sino en evitar que ocurra. La normalización de la incompetencia, disfrazada de eficiencia en la respuesta, revela una deriva profunda en la política: ya no se juzga por lo que se previene, sino por cómo se llora lo que se rompió.

El duelo como escenificación del poder

El funeral en Huelva, con su mezcla de religión, protocolo y ausencias calculadas, terminó pareciéndose más a un acto deportivo institucional que a un verdadero ejercicio de reparación. Los curas, con sus ropas litúrgicas, parecían más presentes que los políticos. Los reyes, con su solemnidad, aportaron dignidad, pero no justicia. Y el pueblo, en silencio, observó cómo quienes fallaron no pidieron perdón, sino que se limitaron a gestionar la imagen del dolor ajeno.

El mensaje final es claro: mientras los gobernantes aprenden a moverse con soltura entre funerales y declaraciones, los ciudadanos pagan con su vida el precio de una administración que solo actúa cuando ya es demasiado tarde. Y la próxima tragedia, inevitablemente, volverá a sacarlos de su letargo —no por deber, sino por necesidad escenográfica.

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