El paraíso oculto de los Piaroa que el agua bendice y destruye
En lo profundo de la selva de Matavén, en el extremo oriental de Colombia y frontera con Venezuela, el agua no es solo un recurso: es vida, memoria y cosmovisión. Para los Piaroa, pueblo indígena asentado en esta región anegada durante meses por la crecida del río Matavén —afluente directo del Orinoco—, el agua es el eje que sostiene su existencia. “Usted es agua. Nosotros somos agua. Vivimos nueve meses en el agua, en el vientre de nuestra madre. Nacimos con agua y nos lavaron con agua. Todos somos agua”, dice Héctor Fuentes, habitante de La Urbana, una comunidad fundada por su abuelo Pancho y sus dos esposas en medio de un claro selvático.

Para llegar a La Urbana, desde Puerto Inírida —capital del departamento de Guainía—, se necesitan cinco horas de viaje en lancha, cruzando una red de caños y ríos que conforman un paisaje cambiante. En el último tramo, la profundidad del agua es tan escasa que solo es posible avanzar a pie, descalzo, en contacto directo con el cauce. Allí, entre viviendas dispersas alrededor de una cancha de fútbol que también sirve como espacio comunitario, vive una extensa familia Piaroa, junto a otros pueblos como los Sikuani, Curripaco y Puinave, en lo que constituye el Resguardo Gran Selva de Matavén (Vicha).
Un equilibrio ancestral en peligro
Para los Piaroa, el agua —llamada “ñä” en su lengua— no es una sustancia, sino una red de relaciones entre humanos, animales, plantas y espíritus. El territorio no se entiende sin el agua: ríos, caños y lagunas no delimitan el paisaje, lo estructuran. Durante generaciones, las comunidades han organizado su vida en torno a un calendario marcado por las crecidas y descensos del río. La selva se inunda, las sabanas se convierten en humedales, y todo el ecosistema se adapta a este pulso natural. Hasta hace poco, este equilibrio era predecible. Ahora, ya no lo es.
Desde 2018, las comunidades de Matavén han comenzado a experimentar inundaciones sin precedentes. “Fue muy raro para nosotros porque nunca habíamos vivido esa experiencia”, recuerda Eneido Fuentes, líder comunitario. “Se perdieron muchos cultivos, la mayoría perdió semillas, y eso puso en riesgo la alimentación y la soberanía alimentaria”. Lo que parecía un episodio aislado se ha convertido en una nueva normalidad: inundaciones más frecuentes, sequías más prolongadas, temperaturas extremas y un calendario ecológico desfasado.
- Las fechas para sembrar ya no son confiables.
- Los ciclos de reproducción de peces y animales silvestres se han alterado.
- Las frutas y tubérculos silvestres, base de la dieta, han disminuido.
“Ya no sabemos cuándo viene el invierno o el verano. A veces el invierno es más fuerte, a veces el verano se adelanta o se atrasa”, explica Eneido. Para Camilo Ortega, coordinador de Turismo de la Fundación Etnollano, el mayor impacto ha sido en la seguridad alimentaria: “Muchísimas comunidades indígenas perdieron cultivos y tuvieron que desplazarse tras temporadas de lluvias catastróficas”.
Adaptación en movimiento

Ante la inestabilidad, las comunidades han tenido que reconfigurar su relación con el territorio. Donde antes cultivaban yuca, maíz y ñame alrededor de sus casas, ahora trasladan sus conucos —espacios agrícolas familiares— a zonas más elevadas del bosque. “Para evitar las pérdidas, ya no se está cultivando alrededor de la comunidad. Todo se está llevando a la parte alta”, dice Eneido.
Este nuevo mapa del riesgo es una estrategia de supervivencia. En las primeras inundaciones, las familias no sabían dónde refugiarse. “No teníamos identificados los sitios de tierra alta y fue muy difícil porque había que mover animales, semillas, todo”, recuerda. Hoy, ya conocen los caminos de evacuación y han comenzado a construir refugios temporales en zonas seguras.
Además, la comunidad ha implementado mejoras en infraestructura básica: un pozo alimentado por energía solar distribuye ahora agua potable a través de tuberías. “Cada tanque tiene capacidad de 5.000 litros y abastece a toda la comunidad”, explica Eneido. Antes, el acceso al agua implicaba recorrer entre 500 y 600 metros hasta el río o la laguna.
El llamado de la naturaleza
Para los Piaroa, el desorden climático no es solo un fenómeno físico, sino espiritual. En su cosmovisión, el agua transporta conocimiento y es habitada por espíritus. Los chamanes la utilizan para “guardar” cantos y palabras, y como vehículo de curación. “Nosotros entendemos que son cosas de la naturaleza. Ella también tiene sus espíritus, y esos son como reclamos por el mal uso que se le ha dado”, dice Eneido. “Es un llamado para que prestemos atención”.
Este llamado se traduce en un principio ético: el *ukuo*, un sistema basado en el respeto a uno mismo, al otro, a la naturaleza y a los seres espirituales. Romper ese equilibrio no es solo un daño ambiental, es una ruptura del orden cósmico.
Las comunidades enfrentan ahora decisiones difíciles. Mover por completo la aldea implica un riesgo de desarraigo. La alternativa, según Ortega, es “ubicar los cultivos en zonas más altas, hacer casas de invierno y apostar por la agricultura sintópica”, un sistema regenerativo que imita los bosques tropicales. “La próxima vez que ocurra, tal vez en cuatro o cinco años, tendrán su conuco junto a una vivienda, que no será un cambuche de plástico y lona”.
El cambio climático en Matavén se mide en días de navegación imposibles, en cosechas perdidas, en certezas que ya no lo son. Pero los Piaroa, con una profunda conexión con su entorno, insisten en escuchar. “Nosotros que vivimos acá en el territorio, en la selva, debemos prestarle atención al llamado de la naturaleza. Hay que cuidarla, hay que saber usarla y aprovecharla de una manera sostenible. Queremos escucharla y entenderla para pensar en cómo adaptarnos”, concluye Eneido.
Mira tambien:


Deja una respuesta