¿Qué secretos oculta la huella española en Orán?
Pascale Morant, la última descendiente española que aún vive en Orán, se niega a sucumbir a la nostalgia, aunque sus palabras a veces suenen como epitafio. “Yo ya soy la dernière génération”, afirma, recordando que su vida se ha tejido entre el español, el francés y la mezcla cultural de una ciudad que ya no existe tal cual.

Orán, con más de un millón de habitantes y a 250 km de la costa española, conserva dos huellas de la presencia española. La primera, tangible, está hecha de piedra: la Alcazaba, el castillo de Santa Cruz, la iglesia de San Luis, la antigua Marina y los restos de murallas y escudos que aún se asoman entre ruinas y obras de restauración. La segunda, mucho menos visible, es la huella humana: siglos de comunidades que hablaban español, cocinaban con recetas ibéricas y dejaron su impronta en los apellidos, en la forma de pasear al atardecer y en los vocablos cotidianos.
Una ciudad de dos rostros: la Orán histórica y la Orán contemporánea
La familia de Pascale llegó a finales del siglo XIX. Por parte de madre, sus antepasados emigraron desde Almería; por parte de padre, sus raíces están en Jijona y Monforte del Cid (Alicante). “Mi familia materna vino a trabajar porque no había empleo en España”, recuerda en entrevista con El Independiente. Los paternos, heladeros y turroneros, se establecieron en el barrio de Gambetta, donde fundaron dos heladerías y una fábrica de turrón que aún conserva su edificio como reliquia de otra época.
Gambetta, hoy cubierto de cemento y nuevos bloques residenciales, fue la “geografía española” de Orán: casas bajas, comercios, talleres y una lengua compartida que, según Pascale, hacía que “todo el mundo hablaba español”. Hoy apenas queda rastro de aquel barrio: “En Gambetta no queda nada, ni locales ni comercios”, lamenta tras una caminata nostálgica con su hermano por las calles donde creció su familia.
La presencia española en Orán se remonta a la conquista de 1509, cuando la ciudad se convirtió en una fortaleza militar española destinada a contener a los corsarios y al avance otomano. Durante siglos la urbe fue más presidio que población, con el fuerte de Santa Cruz dominando el horizonte y la Marina sirviendo como punto de abastecimiento. Los restos de esa época —el castillo, la Alcazaba, la puerta de Canastel con su escudo español— son los vestigios más visibles del legado hispano.
Sin embargo, el patrimonio material está en declive. “De los monumentos que había ya no queda casi nada”, afirma la historiadora local Eliane Ortega Bernabeu. La Alcazaba se encuentra en ruinas, el barrio español fue desalojado y hoy es una zona fantasma de fachadas deterioradas. La señalización y la interpretación de estos restos son escasas, lo que dificulta que residentes y visitantes comprendan la magnitud de la huella española.
Juan Manuel Cid, director del Instituto Cervantes de Orán, subraya que la influencia española persiste en la gastronomía y en el habla cotidiana: palabras como “escalera”, “chancla”, “cabeza” o “lejía” forman parte del acervo local. “Orán es la ciudad del norte de África con más afinidad con España”, asegura, resaltando la continuidad del “contacto humano y las relaciones culturales” a lo largo de los siglos.
Para Pascale, la “españolidad” de Orán no se mide en monumentos, sino en modos de vida: la fiesta, el paseo al atardecer, la paella del fin de semana y la “magia española” que aún se siente en la ciudad. “Orán siempre ha sido y sigue siendo la ciudad más fiestera de Argelia. Eso es lo español que tiene Orán”, dice con una chispa en los ojos.
Lengua y gastronomía como herencia viva

- Lengua: según Pascale y el joven oranés Rachid Mehji, el español sigue respirándose en la calle aunque ya no se hable con fluidez. Palabras como “chancha”, “placeta”, “escalera” o “corto” forman parte del dialecto local.
- Gastronomía: la paella se considera el plato típico de Orán, y la “calentica”, una sopa de garbanzos y aceite, sigue siendo un referente culinario que evoca la presencia española.
Rachid, que no desciende de españoles pero ha heredado parte de su lengua y cultura, afirma: “Yo el español lo respiro, no lo hablo”. Su testimonio muestra cómo la influencia hispana se ha entrelazado con el árabe y el francés, creando un habla fronteriza nacida de siglos de mestizaje.
La emigración española de los siglos XIX y XX intensificó esta huella. Llegaron familias de Almería, Alicante, Valencia, Murcia y Menorca, atraídas por la necesidad de trabajo y por la proximidad geográfica. Bajo la dominación francesa, “la vida en Orán era española”, recuerda Ortega Bernabeu, quien señala que muchos de los trabajadores agrícolas y de fábricas eran de origen español, a veces ya naturalizados como “pieds‑noirs”.
El exilio republicano también dejó su marca. La ciudad sirvió como refugio para miles de españoles que huían de la Guerra Civil. Aunque la mayoría de estos refugios fueron demolidos tras la independencia argelina, algunos permanecen en ruinas, como el centro de internamiento que aún se erige sin señalización.
Pascale, nacida después de la independencia, vivió la última fase de esa comunidad: “Cuando nací, todavía quedaban refugios españoles. Salía de fiesta con gente que había vivido allí”. Su familia, que se ha dispersado entre Francia y España, decidió quedarse cuando muchos europeos abandonaron Orán, confiando en que “todo se arreglaría”.
Hoy, la memoria de la presencia española en Orán depende de testimonios como los de Pascale, Ortega Bernabeu y Rachid, y de la labor de instituciones como el Instituto Cervantes. Ambos, Cid y Mehji, hacen un llamado a la investigación y a la preservación de este legado que, según ellos, sigue siendo desconocido tanto en España como en Argelia.
La historia de Orán es, pues, una amalgama de conquista, emigración, trabajo, lengua y exilio, que se resiste en ruinas de piedra, en palabras sueltas, en platos de paella y en el recuerdo de quienes aún pueden darle sentido. Pascale, la última de su linaje, sigue siendo testigo de una lengua que se apaga con los ancianos y de una forma de vida que poco a poco desaparece, pero que persiste en los ecos de una ciudad que fue española, francesa y argelina al mismo tiempo.
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