Tras la pista de la taberna Kamogawa en Kioto

El escritor japonés Hisahi Kashiwai, dentista de profesión y autor de una serie de novelas de misterio gastronómico, sigue evitando los reflectores mediáticos. Su obra más conocida, la saga de la taberna Kamogawa, ha alcanzado un estatus de culto entre los lectores que buscan recuperar “el sabor de un plato perdido en la memoria”, ya sea porque les remite a la infancia o a un ser querido.

La cuarta entrega de la serie, Los sabores secretos de la taberna Kamogawa, fue publicada recientemente en español por la editorial Salamandra, y en ella el chef Nagare Kamogawa y su hija Koishi reciben encargos que combinan investigación ligera y una profunda carga emocional para los comensales que desean reencontrarse con recetas olvidadas.

¿Existe la taberna Kamogawa en la vida real?

Según la propia novela, la taberna se llama así por el río Kamogawa, que cruza Kioto y cuyo nombre significa literalmente “río de los patos”. Se describe como una pequeña taberna sin letrero exterior ni fachada reconocible, anunciada únicamente en una revista gastronómica especializada. En la edición española, Koishi indica una ubicación más concreta: la calle Shōmen‑dori, a escasa distancia del templo Higashi Hongan‑ji, al que los residentes locales llaman cariñosamente “Ohigashi‑san”.

Esta referencia sitúa al local en un barrio de Kioto donde el turismo masivo se diluye en callejones secundarios, y donde proliferan pequeños restaurantes gestionados por una o dos personas que dependen del boca a boca y de la recomendación personal para atraer clientela.

En una de las escasas entrevistas concedidas en Japón, Kashiwai reveló que se inspiró en un comedor real llamado Daiya Shokudō, situado cerca del Higashi Hongan‑ji. El establecimiento, que funcionó durante décadas bajo la dirección de una anciana y sus dos hijos, desapareció hace más de una década. Según Tabelog, la conocida plataforma de reseñas gastronómicas, el local cerró hace más de diez años; la anciana falleció y el negocio quedó en manos de su nieto, quien lo mantuvo abierto solo durante el día y ofrecía un “menú secreto”.

Puntos Clave
  • Hisahi Kashiwai, dentista y autor de novelas de misterio gastronómico, ha creado la saga de la taberna Kamogawa, que ha alcanzado estatus de culto entre lectores que buscan “el sabor de un plato perdido”
  • La cuarta entrega, *Los sabores secretos de la taberna Kamogawa*, fue publicada recientemente en español por Salamandra y sigue al chef Nagare Kamogawa

El autor describe la taberna ficticia como “una vieja casa de dos plantas, con una puerta corredera y un gato llamado Hirune que siempre duerme en el exterior”. Esa arquitectura evoca las tradicionales machiya de Kioto: casas estrechas y alargadas que combinan vivienda y comercio en un mismo edificio, sin cartel ni escaparate que llamen la atención.

Kashiwai no basa su proyecto en la recreación de un restaurante existente, sino en la idea de usar la comida como hilo conductor de la memoria. En diversas declaraciones ha explicado que, al investigar para sus novelas, evita tomar notas para no incomodar al personal; en su lugar, utiliza una cámara digital silenciosa y, siempre con permiso, captura imágenes que le permiten recordar los sabores y las recetas. “La memoria del sabor funciona mejor usando los cinco sentidos; la imaginación es lo más importante”, afirma el autor.

En la práctica, la taberna Kamogawa funciona como un dispositivo narrativo: un espacio donde los recuerdos de los personajes se reconstruyen a través de la cocina, y donde la vida de cada individuo se revela al imaginar qué había detrás de cada plato.

Aunque la Kamogawa no exista como local físico, Kioto alberga numerosos establecimientos que comparten su atmósfera íntima. Un ejemplo es “Curry”, un diminuto restaurante cercano al Palacio Imperial que, aunque no es una taberna de detectives culinarios, ofrece un menú reducido de curry japonés bajo la gestión de una mujer y mantiene una relación cercana y directa con sus clientes.

El río Kamogawa, que atraviesa la ciudad como una corriente constante y silenciosa, funciona en la novela como un símbolo que une barrios, conecta historias y arrastra recuerdos, al igual que la propia taberna. Las pistas ofrecidas —Shōmen‑dori, Higashi Hongan‑ji, la casa de dos plantas, la puerta corredera y el gato dormido— invitan a los lectores a explorar la ciudad y a buscar retazos de la ficción en la realidad cotidiana de Kioto.

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Carlos Mendoza Vargas Periodista

Licenciado en Comunicación Social con mención en Periodismo por la Universidad Central de Venezuela. Tiene 12 años de experiencia en cobertura de política nacional y conflictos sociales, con pasantías en medios internacionales como BBC Mundo. Especializado en periodismo de investigación y análisis político.

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