Visconti dirigió su última película desde una silla de ruedas conectado al oxígeno

En los primeros segundos de *El inocente* (1976), una mano avanza con lentitud por las páginas de un libro antiguo: es la primera edición de *L’innocente*, la novela de Gabriele D’Annunzio en la que se inspira la película. Esa mano pertenece a Luchino Visconti, quien eligió abrir su última obra como un adiós simbólico a los libros, a la literatura, a un mundo que había nutrido profundamente su cine durante décadas. Moriría poco después, el 17 de marzo de 1976, justo hace cincuenta años, mientras el filme aún estaba en proceso de montaje.

El rodaje de *El inocente* se desarrolló en condiciones extremas. En 1972, Visconti había sufrido un derrame cerebral que le dejó parcialmente paralizado. Tras una larga rehabilitación, dirigió *Confidencias* (1974), y poco después se embarcó en la preparación de esta nueva película. Sin embargo, justo antes de comenzar el rodaje, sufrió una caída que le provocó una fractura en la pierna. A pesar del deterioro de su salud, se negó a suspender la producción. Dirigió gran parte del filme desde una silla de ruedas, con oxígeno a su lado, mientras sus colaboradores debatían si continuar o no. Él insistió: la película debía hacerse.

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Una mirada final sobre la decadencia

El resultado no transmite debilidad ni desgaste. *El inocente* conserva el pulso visual, la obsesión por el detalle y la densidad moral que caracterizaron el cine de Visconti durante más de treinta años. El director siempre mantuvo una relación ambivalente con D’Annunzio: fascinado por su imaginario decadente, pero rechazando su excesiva personalidad. Al elegir esta novela —parte de la llamada trilogía de la rosa—, Visconti no hizo una adaptación fiel, sino una reinterpretación. Transformó el material psicológico en una reflexión sobre la decadencia de una clase social, uno de sus temas más recurrentes.

Un aristócrata atrapado en su mundo

Luchino Visconti en silla de ruedas
  • La historia gira en torno a Tullio Hermil (Giancarlo Giannini), un aristócrata que vive una doble vida: mantiene una amante mientras su esposa, Giuliana (Laura Antonelli), acepta un matrimonio abierto.
  • El equilibrio se rompe cuando Giuliana queda embarazada de otro hombre. El nacimiento del niño —el "inocente" del título— altera el orden que Tullio creía inquebrantable.
  • El conflicto deja de ser sentimental para convertirse en moral: el niño representa una amenaza al estatus, al apellido, a la ilusión de impunidad que sostiene al personaje.

Visconti retrata con precisión una aristocracia convencida de estar por encima de cualquier ley ética. Tullio se mueve como si estuviera más allá del bien y del mal, protegido por su posición. Pero el nacimiento del hijo de Giuliana introduce una grieta en ese mundo cerrado. La culpa, el miedo y la decadencia comienzan a desmoronar su fachada.

Puntos Clave
  • Visconti dirigió su última película desde una silla de ruedas y conectado al oxígeno debido a su deteriorada salud
  • Rodó *El inocente* tras sufrir un derrame cerebral y una fractura en la pierna, insistiendo en continuar pese a las condiciones extremas
  • La película es una reinterpretación de la novela *L’innocente* de Gabriele D’Annunzio, enfocada en la decadencia de la clase aristocrática
  • Visconti murió en 1976 mientras la película aún estaba en proceso de montaje, convirtiendo la obra en su despedida simbólica del cine y la literatura

La estética como drama

La película se desarrolla en un entorno saturado de signos de riqueza: salones con muebles antiguos, vajillas de plata, cortinas pesadas, flores siempre frescas. Cada elemento está cuidado con obsesión. Testimonios del rodaje recuerdan que Visconti podía ordenar cambiar toda la decoración de una escena si los colores no armonizaban con el vestuario o con la luz. Nada era decorativo: todo formaba parte del drama.

A pesar de las limitaciones físicas del director y de las dificultades de producción, el reparto sostiene el peso emocional con intensidad. Giannini construye un Tullio inquietante, cuya aparente seguridad aristocrática oculta una profunda inseguridad. Antonelli interpreta a Giuliana con una mezcla de vulnerabilidad y resistencia silenciosa, mientras Jennifer O’Neill da vida a la amante, un personaje frío y calculador.

Un final que cambia el sentido

El centro moral del filme está en Giuliana. En una escena clave, sube por una escalera y Tullio nota un cambio en su rostro. No se dice qué ha pasado, pero la mirada de ella ya no es la misma. Es el momento en que su resignación se convierte en conciencia.

Visconti modificó el desenlace de la novela original —alerta de spoiler—. En el libro de D’Annunzio, el crimen queda impune. En la película, Tullio se suicida. Este cambio introduce una lógica moral distinta: el castigo existe, y con él, el fracaso de una clase que creía inmune a las consecuencias. La última imagen muestra a Giuliana alejándose mientras el cuerpo de su marido queda atrás. Es un cierre trágico, que evoca el tono de *Senso* y cierra una filmografía dedicada a observar el derrumbe de mundos.

Cuando *El inocente* se presentó en el Festival de San Sebastián, meses después de la muerte de Visconti, el crítico Jesús Fernández Santos escribió que quizás el director había logrado “ganar su última batalla después de muerto”. En la escena inicial, la mano que hojea el libro sigue avanzando. No hay solemnidad, solo la sensación clara de que alguien está cerrando una historia que ha vivido hasta el final.

C
Carlos Mendoza Vargas Periodista

Licenciado en Comunicación Social con mención en Periodismo por la Universidad Central de Venezuela. Tiene 12 años de experiencia en cobertura de política nacional y conflictos sociales, con pasantías en medios internacionales como BBC Mundo. Especializado en periodismo de investigación y análisis político.

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