Luis Pérez Gil destapa la verdadera estrategia de EE UU con países débiles
En las últimas semanas, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos han entrado en una nueva fase de tensión, marcada por una combinación de presión diplomática, crisis interna en la isla y contactos bilaterales aún en etapas tempranas. El presidente estadounidense, Donald Trump, declaró recientemente que sería “un gran honor” para él “tomar Cuba”, una afirmación que ha intensificado las especulaciones sobre los planes de la administración estadounidense hacia el régimen de La Habana.

Presión máxima y negociaciones asimétricas
El deterioro en las relaciones ha sido progresivo, acentuado por el endurecimiento del embargo comercial y, en particular, por la estrategia de Washington para restringir el suministro energético a la isla. Estados Unidos ha aprovechado la profunda crisis económica y social que atraviesa Cuba, considerada una de las más graves desde la desaparición de la era de los Castro. Durante los primeros días de marzo, Trump elevó el tono al afirmar que el sistema cubano está “en sus últimos momentos” y que el gobierno de La Habana “va a caer muy pronto”. No obstante, al mismo tiempo reconoció la existencia de contactos diplomáticos, aunque sin dar detalles sobre su contenido o avance.
Desde la Casa Blanca, la estrategia parece clara: combinar presión extrema con una negociación condicionada, en la que cualquier apertura está atada a cambios profundos en el liderazgo y en el modelo político de la isla. Según informaciones del *The New York Times*, la administración estadounidense ha planteado la posibilidad de que Miguel Díaz-Canel abandone el poder como parte de un eventual acuerdo. Además, el medio indica que Washington no estaría presionando para tomar medidas contra miembros influyentes de la familia de Fidel Castro, lo que sugiere una táctica selectiva para evitar una mayor resistencia dentro del aparato del Partido Comunista.
La respuesta de La Habana

- El gobierno cubano, encabezado por Díaz-Canel, ha respondido con cautela.
- Insiste en que las conversaciones están en “fases iniciales” y distan de alcanzar cualquier tipo de acuerdo concreto.
- Defiende el diálogo, pero únicamente bajo el principio de soberanía nacional y sin injerencias externas.
- Busca ganar margen en una negociación profundamente asimétrica, donde el peso de la crisis interna limita su capacidad de maniobra.
Mientras tanto, la situación en el terreno es cada vez más compleja. En los últimos 18 meses, Cuba ha enfrentado seis apagones masivos, colapsos en el suministro eléctrico y un desabastecimiento generalizado, agravado por la falta de combustible tras meses sin recibir envíos regulares de petróleo. Esta crisis energética ha derivado en protestas sociales esporádicas y ha dejado al gobierno en una posición de extrema vulnerabilidad.
Medidas internas para contener la tensión
Ante este escenario, Díaz-Canel ha anunciado una medida significativa: permitir a los cubanos residentes en el extranjero invertir en empresas privadas en la isla. Esta apertura, aunque limitada, busca aliviar la presión económica y reducir el descontento social, al tiempo que envía una señal a Washington de disposición a ciertos ajustes, siempre dentro de los límites del sistema existente.
En este contexto de incertidumbre, el legado de los Castro sigue pesando sobre el presente. Aunque el liderazgo formal ha cambiado, las estructuras de poder permanecen profundamente arraigadas. Mientras tanto, el futuro de Cuba se debate entre una presión externa creciente y una crisis interna sin precedentes, en un escenario donde cada movimiento diplomático podría definir el rumbo de la isla en las próximas décadas.
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