Asesinaron a su hijo y desafió al régimen desde la sombra

La historia de David Vallenilla es un reflejo de la tragedia que ha vivido Venezuela en los últimos años. Hasta 2017, su vida transcurría con normalidad: abogado de profesión, padre de un único hijo, con una familia estable y un futuro trazado. Su mayor anhelo era acompañar el crecimiento de David José, su joven hijo de 22 años, recién graduado como enfermero y apasionado por su vocación de cuidar a los demás. Ese sueño se truncó de forma brutal en medio de una protesta en Caracas.

El 22 de junio de 2017, David José salía del trabajo en una clínica cercana a uno de los epicentros de las manifestaciones contra el gobierno de Nicolás Maduro. A pesar de las advertencias de su padre, decidió dirigirse hacia el punto más conflictivo, movido por su instinto de auxiliar a los heridos. Fue entonces cuando un militar, desde el interior de la base aérea de La Carlota, le disparó a quemarropa con una escopeta de perdigones cargada de forma letal. Murió al instante. En televisión, horas después, Maduro afirmó que las órdenes eran disolver las protestas con "agua y gasecitos", negando cualquier uso de armas de fuego.

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Una justicia sistemáticamente frustrada

Como abogado, David Vallenilla exigió desde el primer momento el respeto a los derechos legales en torno a la muerte de su hijo. En la morgue, se negó a permitir que la autopsia se realizara sin la presencia del fiscal y del médico legista, a quienes las autoridades calificaron como "enemigos del pueblo". Tras insistir, le entregaron cuatro esferas metálicas extraídas del cuerpo de David José, evidencia de que el disparo fue intencional y no de control.

El proceso judicial que siguió fue una sucesión de obstáculos. El fiscal del caso fue destituido a tres días del plazo para presentar acusación. Tras la difusión de un video denunciando la maniobra —que se volvió viral—, se logró presentar la acusación, pero comenzaron los aplazamientos: 57 en total. El sargento implicado, un miembro de la aviación sin competencia en el control de manifestaciones, fue finalmente condenado, pero para David la justicia fue incompleta. Nunca se investigó la cadena de mando, ni se esclareció quién dio la orden de disparar. Pidió responsabilidades hasta el más alto nivel, incluyendo al ministro de Defensa y al propio Maduro, pero no obtuvo respuesta.

Presiones, amenazas y el exilio

  • Una semana después del asesinato, un alto funcionario del Ministerio de Justicia le ofreció dinero a cambio de silencio. David respondió: "¿Cuánto cobraría usted por un hijo?"
  • Su despacho fue desmantelado, mientras los de sus colegas permanecieron intactos.
  • Sufrió robos, vigilancia constante y amenazas veladas.
  • Una ONG le ayudó a instalar cámaras de seguridad, pero fueron robadas antes de que pudiera usarlas. Ese día, sentado en el andén del metro, rompió en llanto: "No podía más".

A pesar de su deseo de quedarse y luchar, su familia le insistió en marcharse. Un correo con boletos a España fue el punto de inflexión. Aterrizó en Madrid sin saber dónde dormir. Un sacerdote jesuita venezolano le ofreció un techo por un mes. A sus 57 años, empezó de cero en un país extraño, sin que su título de abogado tuviera validez en Europa.

Un nuevo comienzo, la misma lucha

Hoy, David trabaja cuidando a personas mayores en Móstoles. Aprende de ellos, dice, aunque le duele cada pérdida. Aunque añora ejercer la abogacía, acepta su nueva realidad: "Me encantaría volver a un despacho, aunque fuera para mover papeles".

Pero su verdadera misión sigue intacta: honrar la memoria de su hijo y exigir justicia. David José no solo era un joven comprometido con su país, sino también un ciudadano español por parte de madre, con planes de emigrar. "Él sabía que en Venezuela la cosa estaba muy difícil", recuerda su padre. Murió haciendo lo que más amaba: ayudar.

Desde España, David continúa denunciando con nombres y apellidos. Maduro, investigado en Estados Unidos por narcotráfico, sigue impune por los miles de muertes durante la represión de 2017, incluida la de David José. Aunque el tiempo ha pasado, la herida no sana. "No es un hecho aislado", insiste. "Es un crimen de Estado".

¿Volvería a Venezuela? Solo si ve "una esperanza real de cambio". Hasta entonces, seguirá desde el otro lado del Atlántico, recordando quién era su hijo: un joven que quiso servir, que nunca vivió en libertad, y cuya muerte no será en vano mientras haya alguien que siga contando su historia.

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