Bienvenidos al circo de la política del siglo XXI
El Consejo de Ministros del pasado viernes vivió una inusual y tensa espera antes de su inicio, cuando cinco ministros del partido Sumar se negaron a entrar en la reunión hasta que se incluyeran en el orden del día medidas sobre vivienda, concretamente la congelación de alquileres. El encuentro, previsto para las 9.30 horas en La Moncloa, no comenzó hasta más de dos horas después, lo que evidenció una profunda disfuncionalidad en el seno del Gobierno de coalición.

Una negociación al borde del colapso
En medio del caos, fuentes cercanas al evento describieron un ambiente de incertidumbre extrema. El redactor político Juanma Romero, presente en el complejo gubernamental, compartió en tiempo real la confusión: entradas y salidas de ministros, mensajes contradictorios y una sensación generalizada de descontrol. Tras una intensa negociación entre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, acompañados por Ernest Urtasun y María Jesús Montero, se alcanzó una solución de compromiso: se aprobarían dos decretos distintos.
- Uno, de carácter anticrisis, con medidas para mitigar el impacto de la subida de precios energéticos, incluyendo una rebaja del IVA en ciertos productos.
- Otro, centrado en la congelación de alquileres, impulsado por Sumar, cuya viabilidad parlamentaria es dudosa por la oposición de PP, Vox, Junts y probablemente el PNV.
La estrategia permitió a Sánchez y Díaz salvar las formas, aunque la fractura interna quedó al descubierto. Durante la rueda de prensa posterior, Sánchez calificó de “salseo” la atención mediática al incidente, provocando aún más controversia. Minimizó el conflicto interno, incluso llegó a afirmar que este tipo de dinámicas representan “la política del siglo XXI”, una afirmación que muchos interpretaron como una defensa poco creíble de la inestabilidad gubernamental.
Un gobierno en crisis de legitimidad

El episodio no solo puso en evidencia las tensiones entre el PSOE y Sumar, sino que también evidenció el debilitamiento político de la coalición de izquierda. Los cinco ministros de Sumar representan a formaciones con escaso respaldo electoral, como se vio en las recientes elecciones de Castilla y León, donde no lograron ningún diputado. De celebrarse elecciones generales hoy, sería cuestionable que superaran el 5% del voto.
A pesar de las voces internas que piden una salida del Gobierno para evitar una mayor pérdida de identidad, líderes como Mónica García han dejado claro que no se plantea abandonar el Ejecutivo. La permanencia en el poder parece primar sobre cualquier coherencia programática o estrategia política de largo alcance.
Falta de proyecto y dependencia del PSOE
La izquierda actual en el Gobierno carece, según observadores, de un proyecto claro. Más allá de IU, que mantiene cierta coherencia histórica, el resto de fuerzas parecen priorizar la ocupación de cargos sobre la definición de una alternativa política sólida. La proliferación de aspirantes a suceder a Yolanda Díaz refleja un partido sin rumbo, cuya única esperanza parece depender de figuras ajenas, como Gabriel Rufián, en un intento desesperado por encontrar liderazgo.
El gesto de Pablo Iglesias, ahora en Cuba entregando ayuda humanitaria, también fue señalado como simbólico de una izquierda que combina postureo con un estilo de vida alejado de las realidades que dice defender. Mientras defiende regímenes autoritarios, vive en un chalé en Galapagar, lejos del discurso revolucionario que proyecta.
El viernes en Moncloa no fue solo un mal día. Fue un espejo de un Gobierno fragmentado, cuyas decisiones obedecen más a cálculos de imagen y supervivencia política que a una hoja de ruta clara. La parálisis, las negociaciones de última hora y el teatro institucional ponen en riesgo no solo la eficacia del Ejecutivo, sino también la credibilidad de la clase política en su conjunto.
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