Periodistas en la mira por humillar a votantes tras elecciones
La televisión pública española ha vuelto a sumarse a una práctica periodística cada vez más cuestionada: la estigmatización de votantes de ciertos sectores políticos a través de reportajes cargados de sesgo. En esta ocasión, fue el programa *Malas Lenguas*, conducido por Jesús Cintora en TVE, el encargado de desplazarse hasta Villán de Tordesillas, un pequeño municipio de Valladolid, con el objetivo de retratar lo que considera un "reducto de la derecha extrema". La intención parecía clara: buscar y exhibir "fachas" ante la audiencia, siguiendo una fórmula ya ensayada por otros espacios de televisión.

Una fórmula repetida hasta el hartazgo
El formato no es nuevo. Ya en 2007, la cadena pública catalana TV3 protagonizó uno de los momentos más incómodos de la historia del debate político en televisión. En *Els Matins*, el presentador Josep Cuní dio espacio a una cruzada moral contra votantes de Plataforma per Catalunya, partido de extrema derecha. En lugar de entrevistar a sus líderes, se trajeron a tres simpatizantes al plató, donde fueron confrontados por Pilar Rahola, quien los tachó sin tapujos de fascistas y los comparó con quienes apoyaron a Hitler. El tono subió tanto que Cuní, habitualmente sereno, explotó con un histriónico "¡Prou!" tras perder el control del debate. Aunque más tarde se disculpó, el episodio quedó grabado como ejemplo de cómo no se debe tratar el pluralismo político.
En 2018, La Sexta también transitó por terrenos similares con un reportaje de *Liarla Pardo* que buscaba "cazar" a los votantes de Vox en Marinaleda, un municipio emblemático del comunismo andaluz. El enfoque fue aún más incómodo: periodistas preguntaban a vecinos dónde vivían esos "fascistas infiltrados", celebraban con júbilo cuando obtenían direcciones y, en algunos casos, llegaron a llamar a sus puertas. La directora del programa, Cristina Pardo, reconoció después que aquella pieza no debería haberse emitido, aunque nunca aclaró ante quién pedía disculpas ni en qué consistía exactamente el error.
El caso Resano: cuando el periodismo se convierte en juicio moral

- En 2016, durante las elecciones presidenciales de Estados Unidos, Helena Resano, enviada especial de La Sexta, protagonizó un momento aún más grave.
- En directo, y con un tono acusador, interrogó a una mujer latina que había votado a Donald Trump.
- Le cuestionó su identidad, su ideología y hasta su situación migratoria, llegando a preguntar: "¿Tienes papeles, por cierto?".
- La ciudadana, nacida en EE.UU. y con plena legalidad, mantuvo la calma frente a un interrogatorio que muchos calificaron de racista y antidemocrático.
- Resano no se disculpó y, lejos de reflexionar sobre el abuso de poder mediático, pareció querer humillar a la entrevistada por su decisión electoral.
Lo más preocupante de estos episodios no es solo el sesgo evidente, sino la pereza creativa con la que se repiten. En lugar de abordar las causas políticas, sociales o económicas detrás de ciertos votos, se prefiere la caza del "otro", el espectáculo de la vergüenza ajena. Resulta irónico que medios que se autoproclaman defensores de la democracia recurran a tácticas que la socavan: tratar a ciudadanos comunes como delincuentes por ejercer su derecho al voto.
El reportaje de TVE en Villán de Tordesillas, aunque menos agresivo que los anteriores, sigue el mismo patrón. Tras buscar en vano declaraciones extremas, los realizadores encontraron a un solo individuo con saludo nazi, al que mostraron en bucle como si fuera prueba irrefutable de una amenaza generalizada. El resto del pueblo, con opiniones moderadas e incluso críticas a la derecha, fue ignorado. Así, se construye una narrativa falsa: no importa lo que piensa la mayoría, sino el que sirve al guion.
Este tipo de contenidos no solo ofenden al sentido común, sino que erosionan la credibilidad del periodismo. Mientras los programas sigan eligiendo la indignación barata sobre el análisis riguroso, el público seguirá viendo cómo se banaliza el debate público. Y mientras tanto, los votantes —de todos los colores— merecen algo mejor que ser tratados como monstruos por el solo hecho de pensar distinto.
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