Venezuela al borde del colapso ¿Legitimidad o negocio político?
El escenario político en Venezuela ha vuelto a posicionarse en el centro de la estrategia internacional, no por avances hacia la democracia, sino por haberse convertido en un problema de gobernabilidad que las potencias globales buscan gestionar, más que resolver. Este cambio de enfoque define hoy el núcleo del dilema venezolano: no se trata ya de quién tiene legitimidad, sino de quién puede ejercer el control efectivo. En este contexto, los acuerdos, las sanciones y los discursos morales han cedido espacio a una lógica más pragmática, basada en la seguridad, el control territorial y las transacciones estratégicas.

El poder como blindaje: la psicología de los Rodríguez
Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez encarnan como pocos la mentalidad de supervivencia que caracteriza al chavismo actual. Más allá de discursos ideológicos, ambos son operadores fríos, calculadores y profundamente influidos por una historia familiar marcada por la represión: la muerte de su padre, Jorge Rodríguez padre, bajo custodia policial en 1976, no solo dejó una huella emocional, sino que estructuró una relación patológica con el poder, basada en la desconfianza, el agravio y la necesidad de control absoluto. No buscan redención ni revolución, sino blindaje político y permanencia en el poder.
Para ellos, el tiempo no es una presión, sino una herramienta. Las negociaciones no se entienden como caminos hacia acuerdos duraderos, sino como operaciones tácticas para ganar reconocimiento internacional, dividir a la oposición y ofrecer concesiones reversibles. Su manejo de la ideología es puramente instrumental, y su uso del miedo —seleccionado, ejemplarizante— forma parte de una estrategia minuciosa de control social. No creen en pactos, sino en equilibrios provisionales, y justamente por eso negocian con eficacia: porque no dependen de la fe en los acuerdos, sino del cálculo frío del poder.
Claves del control político actual
- Delcy Rodríguez acumula funciones estratégicas que trascienden lo formal: se espera que asuma la vicepresidencia ejecutiva, la vicepresidencia económica y el Ministerio de Hidrocarburos.
- La economía se convierte así en el principal campo de batalla político, donde las decisiones energéticas definen alianzas internacionales y condiciones internas.
- El régimen ofrece gestos como la liberación de presos políticos, pero sin compromisos estructurales hacia una transición democrática real.
En este marco, la figura de María Corina Machado representa el polo opuesto. Su concepción del poder no surge del miedo, sino de la legitimidad democrática. Para ella, la política es un mandato moral, una restitución de derechos y un horizonte estructural de transformación. Su coherencia le ha ganado un respaldo social amplio, pero también la ha dejado en desventaja frente a un orden internacional que ya no mide la eficacia política por la representación, sino por la capacidad de imponer control. En la lógica actual, la legitimidad sin fuerza coercitiva tiene poco peso.
La política exterior de EE.UU.: de la democracia a la seguridad
El papel de Estados Unidos en esta ecuación ha cambiado drásticamente. Bajo la presidencia de Donald Trump, la democracia ha dejado de ser un eje central de la política exterior para convertirse en una variable dependiente de intereses estratégicos más amplios. Trump no ve a Venezuela como una causa moral, sino como una ficha en una partida global que incluye energía, migración, narcotráfico y, sobre todo, la competencia con China. Para él, el poder es voluntad personal, el miedo es una herramienta y el tiempo se mide en titulares.
En esta visión, no hay distinción clara entre aliados y adversarios, solo entre operaciones útiles o prescindibles. La administración estadounidense actúa como una potencia en repliegue relativo, decidida a blindar su entorno inmediato frente a la influencia de China, Rusia e Irán. Venezuela, junto con Cuba y Nicaragua, forma parte de un perímetro estratégico que debe neutralizarse. Por eso, las exigencias a Caracas son pragmáticas: cortar el flujo de petróleo a Cuba, detener rutas de narcotráfico, limitar la presencia iraní y rusa, y abrir el sector energético a empresas estadounidenses. Nada de esto requiere un cambio político interno profundo; al contrario, el régimen autoritario puede mantenerse, incluso fortalecerse, si sirve a esos fines.
El resultado es un equilibrio inestable, sostenido por acercamientos discretos, gestos públicos de confrontación y avances graduales. Washington acepta ambigüedades internas a cambio de alineación externa. El chavismo residual se adapta. Y la oposición democrática, por ahora, queda fuera de las decisiones clave, relegada a un futuro electoral cuya transparencia está lejos de garantizarse.
La imprevisibilidad de Trump añade riesgo a este escenario. El mismo líder que hoy tolera un equilibrio autoritario puede mañana reaccionar con furia ante un incidente menor. Ya se han vivido episodios grotescos, como el falso autogolpe en Miraflores, cuando drones de seguridad fueron confundidos con un ataque y respondidos con fuego real, o las detenciones arbitrarias de periodistas y civiles. En un clima de paranoia, cualquier incidente puede escalar.
Los pasos pendientes hacia una transición
A pesar de este panorama, el camino propuesto por María Corina Machado sigue vigente, aunque sea ignorado en las mesas de poder internacionales:
- Salida de Nicolás Maduro: un primer paso ya cumplido en el plano simbólico.
- Liberación de todos los presos políticos, con compromiso internacional visible: en curso.
- Garantizar una transición sin impunidad ni venganza, y organizar el retorno seguro y escalonado de la diáspora venezolana.
El momento de cada paso aún está por definirse. Pero la convicción de Machado permanece inalterable: seguirá actuando en función del objetivo final, que no es el poder por el poder, sino la libertad para Venezuela.
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