Yolanda Díaz enciende la alerta antifascista cada domingo

Yolanda Díaz ha vuelto a lanzar su llamado de alerta antifascista, esta vez con un tono que muchos perciben como rutinario, casi doméstico. Lejos del dramatismo urgente que su mensaje pretende transmitir, su voz suena más bien como una campana de alarma gastada, repetida tantas veces que ya ha perdido fuerza. La vicepresidenta, a menudo retratada como una figura heroica de la izquierda, aparece ahora como una líder cuyo discurso se ha convertido en costumbre, más que en convocatoria. Su advertencia contra la ultraderecha llega acompañada, como siempre, del llamado a la unidad de la izquierda, una petición que resuena con el eco de lo ya oído: un grito que se repite sin que nadie acuda realmente al rescate.

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La izquierda en estado de repetición

La izquierda española, especialmente la que orbita alrededor del gobierno de coalición, atraviesa una crisis de credibilidad y representación. Aunque insiste en su papel como baluarte contra el fascismo, su capacidad para definir con claridad qué entiende por tal se ha visto diluida. El fascismo, lejos de ser una etiqueta para cualquier fuerza de derechas, implica una estructura política y estética basada en la violencia, el nacionalismo totalitario y la supresión de toda disidencia. Sin embargo, en el discurso dominante, el término ha sido tan banalizado que termina aplicándose de forma genérica, incluso a partidos que, por su funcionamiento institucional, no responden a ese perfil.

Este uso impreciso del concepto ha contribuido a que muchos votantes, especialmente en regiones como Aragón, se alejen de las formaciones de izquierda tradicionales. Allí, el avance no ha sido de la izquierda “verdadera”, sino del regionalismo, que emerge como una respuesta más emocional que ideológica: una mezcla de rechazo al centralismo, hartazgo político y desencanto con una izquierda percibida como alejada de las realidades cotidianas. Mientras, Podemos apenas sobrevive en Madrid como un refugio simbólico, y Sumar e IU parecen más una suma de recuerdos que una alternativa coherente. ¿Qué queda de la antigua izquierda? ¿Un guante olvidado? ¿Un eco de Anguita o de los tiempos del eurocomunismo?

Un gobierno que desgasta la esperanza

  • La izquierda ha gobernado, pero no ha transformado.
  • Ha estado en el poder, pero no ha redistribuido ni reestructurado.
  • Ha prometido cambio, pero ha administrado la continuidad.

El desencanto no viene sólo de los que nunca la apoyaron, sino de sus propios votantes. Gestionar junto al sanchismo —descrito como una fuerza sin moral clara, sin ideología definida y sin límites— ha dejado huella. Muchos ven en esta alianza una traición a los principios que decía defender: justicia social, democracia participativa, ruptura con el establishment. En su lugar, se ha priorizado la permanencia en el sillón sobre la transformación del sistema. Y el ciudadano común, especialmente el que vive en el olvido de la España vaciada, ya no se siente representado por ejércitos teóricos que no combaten por él.

¿Quién teme al fascismo hoy?

Lo irónico es que, mientras la izquierda suena la alarma contra una amenaza que muchos no ven tan inminente, el miedo real está en el vacío que ella misma ha dejado. El votante no teme tanto al discurso de Vox —que, aunque incómodo, aún opera dentro del marco institucional— como al abismo de una izquierda que ha perdido contacto con la gente. No hay pánico ante un golpe de Estado ni ante milicias callejeras, pero sí desconfianza hacia una élite política que se repite, que se acomoda, que se disfraza de rebelde mientras vive del sistema que dice combatir.

Yolanda Díaz, con su estilo entre mítico y doméstico, sigue convocando como si fuera a una paella o a una reunión de vecinos. Pero ya no hay fieles esperando. Su llamada suena a repetición, a domingo eterno de una izquierda que ya no convoca, que ya no ilusiona, que ya no explica el mundo —ni a sí misma— con credibilidad. La alerta antifascista, en este contexto, no es un toque de queda político, sino el lamento de una causa que, por más que insista, ya no encuentra a quién movilizar.

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