Juantxo Domínguez, experto en sectas: "Los casos más preocupantes los estamos encontrando en centros de adicciones privados"
Juantxo Domínguez, presidente de la asociación RedUne, lleva varios años dedicado a la prevención de los grupos sectarios y a la atención de sus víctimas. En una reciente entrevista explicó los principales mecanismos de captación, los perfiles más vulnerables y las consecuencias que conlleva abandonar una organización coercitiva.

El tema ha cobrado relevancia tras la sentencia de la Audiencia Provincial de Mrid, que sostuvo que “limitar la posibilidad de calificar a una religión como secta sería como impedir que una persona atea o agnóstica se declare como tal”. La resolución, aunque polémica, protege en determinadas circunstancias la libertad de expresión en torno a los Testigos de Jehová.
Mecanismos de captación en la era digital
Según Domínguez, la forma en que los grupos sectarios reclutan a sus miembros ha experimentado una transformación profunda. “Antes la captación se realizaba a través de actividades lúdicas en centros culturales, universidades o asociaciones de vecinos. Hoy, la puerta de entrada es internet, sobre todo las redes sociales”, afirma.
Ejemplos recientes incluyen casos en los que jóvenes contactan a sus potenciales víctimas mediante Instagram, Facebook, grupos de WhatsApp o Telegram. “Una chica de Barcelona nos contó que su amiga había sido reclutada en Moldavia a través de un perfil de Instagram y, desde allí, la siguió un proceso de incorporación”, relata.
Tipos de grupos coercitivos
- Grupos religiosos o dogmáticos: ejercen control vertical, imponen pautas totalitarias y manipulan psicológicamente a sus miembros.
- Influencers y gurús: utilizan plataformas digitales para difundir doctrinas pseudorreligiosas, pseudoterapéuticas o pseudofilosóficas, generando seguimientos masivos que pueden derivar en sometimiento.
- Comunidades de criptomonedas y pseudoterapias: ofrecen promesas de enriquecimiento o curación, pero a menudo ocultan mecanismos de control económico y emocional.
- Centros privados de adicciones: algunos funcionan como auténticos “cárceles” donde se obliga a los internos a romper lazos familiares y a aceptar tratamientos costosos bajo amenaza de exclusión.
Domínguez subraya que la característica esencial de un grupo coercitivo no es su origen religioso, sino la existencia de un proceso de sometimiento que restringe la libertad de pensamiento y acción de sus integrantes.
Perfiles vulnerables
Los grupos aprovechan necesidades emocionales, económicas o de reconocimiento. “Muchas personas entran motivadas por carencias afectivas, problemas financieros o una búsqueda de sentido que no encuentran en su entorno”, explica. La vulnerabilidad se intensifica cuando la víctima atraviesa situaciones familiares difíciles, problemas de salud o depende de un ingreso que puede ser explotado.
Un mito persistente que desmantela Domínguez es la idea de que las víctimas son “personas débiles o incultas”. En realidad, la mayoría son individuos que buscan respuestas a necesidades no satisfechas y que, al encontrarse con la promesa de una solución, pueden ser manipulados sin percibirlo.
Consecuencias de abandonar una organización coercitiva
El abandono implica, en muchos casos, una ruptura con la familia y la comunidad que el grupo había construido alrededor del individuo. En el caso de los Testigos de Jehová, por ejemplo, la separación puede conllevar la pérdida de redes de apoyo y la necesidad de reconstruir la vida desde cero.
Desde el interior, los miembros suelen describir a los no adherentes como “extranjeros” o “bichos raros”, reforzando la sensación de aislamiento del grupo.
Ejemplos recientes de alerta
Durante la pandemia, Domínguez señaló la aparición de un proceso sectario ligado a la información sobre criptomonedas que atrajo a miles de jóvenes. Además, alertó sobre centros privados de adicciones que imponen condiciones como “dejar a la pareja” para continuar el tratamiento, cobrando tarifas de entre 6.000 y 7.000 euros al mes y aislando a los internos de sus seres queridos.
En uno de los casos más graves, una persona lleva siete años en un centro de adicciones, ha agotado todo su patrimonio inmobiliario para pagar las mensualidades y, pese a contar con una pensión alta, se ve obligada a vivir en un hogar institucional bajo estrictas normas de control.
Domínguez concluye que, aunque no todos los grupos sectarios presentan el mismo nivel de peligrosidad, la combinación de pseudoterapias, manipulación digital y centros de adicciones sin regulación constituye la mayor amenaza para la libertad y los derechos humanos en la actualidad.
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