Caso Maricarmen: Los medios como guía para saber a quien odiar
En una crónica escrita a finales de 1933 para el desaparecido periódico Ahora, Miguel de Unamuno describió a los jóvenes que asistían a actos políticos como «chiquillos que juegan a la violencia», señalando que al entrar preguntaban casi de inmediato «¿A quién hay que odiar?», para saber qué gritar. Según el autor, esos jóvenes estaban dispuestos a gritar sin importarles el motivo.

Hoy, según el análisis de varios observadores, esa necesidad de identificar a un enemigo no requiere acudir a Casas del Pueblo ni a sedes simbólicas; la información necesaria se encuentra en los medios de comunicación que cubren la actualidad. El eje central de la mayoría de los programas de opinión y análisis parece reducirse a enumerar las desgracias del momento y señalar a un culpable, para que la audiencia sepa a quién odiar, cuál es su cargo y por qué debe despreciarlo.
El caso de Mari Carmen Abascal y la construcción del odio mediático
El desahucio de la anciana Mari Carmen Abascal se convirtió en un ejemplo paradigmático de cómo los medios crean una narrativa de odio que puede dirigirse a múltiples objetivos. A partir de su tragedia, se han generado diferentes argumentarios que señalan a distintos sujetos como responsables:
Objetos de odio señalados

- Isabel Díaz Ayuso: se le culpa por la supuesta falta de recursos para ayudar a una anciana en la Comunidad de Madrid, mientras que su gobierno dispone de fondos para la compra de inmuebles en operaciones opacas.
- Pedro Sánchez: el presidente del Gobierno es responsabilizado por no haber tomado medidas efectivas contra los desahucios ni garantizar viviendas asequibles durante sus ocho años de mandato.
- Felipe González y Miguel Boyer: se les menciona como responsables de la legislación sobre subrogación de la vivienda, con la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1994 como punto de referencia.
- Francisco Franco: algunos analistas utilizan la legislación de 1956 sobre subrogación como argumento para culpar al dictador, aunque reconocen que, en ciertos aspectos, la normativa de la época favorecía a los inquilinos.
- Propietarios de la vivienda: los hermanos Alonso, dueños del inmueble que ganó el juicio que provocó el desahucio, son etiquetados como “fondos buitre”, aunque los medios discrepan sobre la magnitud de su papel.
- Sindicato de Inquilinas: algunos programas lo señalan como responsable de “instrumentalizar” la situación de Abascal, insinuando que habría recibido alguna oferta a cambio.
- Mari Carmen Abascal misma: ciertos comentaristas la acusan de mantener un “privilegio ilegal” que ya no le correspondía.
Esta multiplicidad de blancos permite que cada medio ofrezca a su audiencia un argumento sencillo para canalizar el resentimiento, replicando el patrón descrito por Unamuno pero con una facilidad que los jóvenes de la década de 1930 no poseían.
En algunos programas de tertulia, el debate ha llegado a transformarse en un concurso de sensibilidad, donde los participantes compiten por demostrar quién se preocupa más por una víctima que por otra. En una ocasión, un panelista calificó a su interlocutor de «fascista» y la discusión escaló a insultos personales, evidenciando cómo el discurso de odio se vuelve parte del espectáculo mediático.
Este fenómeno plantea dudas sobre la responsabilidad de los medios al suministrar argumentarios para el odio y, al mismo tiempo, proclamarse defensores del periodismo sin prejuicios.
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