El descarrilamiento que nadie vio venir

La tragedia ferroviaria ocurrida en amuz ha generado un profundo impacto no solo por su elevado número de víctimas —45 muertos y decenas de heridos—, sino también por las graves deficiencias que han ido saliendo a la luz en la gestión del Ministerio de Transportes. A medida que avanzan las investigaciones, crece la sensación de que una serie de errores administrativos, técnicos y operativos convergieron para provocar una catástrofe evitable.

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La rotura de la vía, causa del descarrilamiento

Uno de los hallazgos más determinantes proviene de la Comisión de Investigación del accidente, cuya nota publicada el viernes señala que las muescas detectadas en las ruedas del lado derecho de los coches 2, 3, 4 y 5 del tren Iryo son compatibles con un carril fracturado. Esto descarta la hipótesis inicial del ministro de Transportes, Oscar Puente, quien días antes había afirmado que no se sabía si la rotura de la vía era “causa o efecto” del siniestro. Ahora, la evidencia apunta claramente a que la fractura del raíl fue la causa principal del descarrilamiento de los tres últimos vagones del Iryo, que invadieron la vía contraria y colisionaron segundos después con un tren Alvia con destino a Huelva.

La infraestructura ferroviaria es responsabilidad de Adif, empresa pública dependiente directamente del Ministerio de Transportes. Durante los meses previos al accidente, se habían registrado incidencias en ese mismo tramo de vía, lo que intensifica las preguntas sobre por qué no se detectó ni corrigió a tiempo la fractura. Hasta la fecha, ni el ministro ni la institución han ofrecido una explicación clara sobre este fallo.

Errores en la gestión de emergencias

  • El centro de control de Atocha, encargado de supervisar todos los trenes en funcionamiento, no activó la emergencia de forma inmediata tras el accidente.
  • Cinco minutos después de que el maquinista del Iryo diera la voz de alarma, la interventora del Alvia informó de que tenía una herida en la cabeza, pero no se desplegaron los servicios de emergencia con la misma celeridad que en el caso del Iryo.
  • Mientras que los equipos tardaron apenas 15 minutos en llegar al lugar del siniestro tras ser alertados por Atocha para atender al Iryo, la respuesta para asistir a los pasajeros del Alvia fue notablemente más lenta.

Este desfase en la actuación ha generado críticas sobre los protocolos de emergencia y la coordinación entre los distintos niveles de gestión ferroviaria.

Una cadena de negligencias y una respuesta cuestionada

El 20 de febrero, apenas días antes del accidente de amuz, otro suceso grave sacudió el sector: un maquinista falleció en Gelida (Barcelona) al colisionar un tren de cercanías con un muro de contención de la AP-7. En esa ocasión, Renfe limitó la velocidad del AVE Madrid-Barcelona, aunque las restricciones se levantaron y volvieron a imponerse sin una comunicación clara al público.

En su comparecencia mediática el miércoles, Puente no estuvo acompañado por Luis Pedro Marco, presidente de Adif, una ausencia calificada como “inexplicable” por fuentes del sector. El ministerio justificó la decisión afirmando que el ministro quería asumir personalmente la comunicación. Durante más de dos horas, Puente se mantuvo en la línea de que la rotura de la vía era solo una hipótesis, a pesar de las evidencias crecientes.

Uno de los momentos más polémicos ocurrió cuando un periodista le preguntó a Puente de quién dependía el muro que se derrumbó en Gelida. El ministro no supo responder y admitió tener “dudas” sobre la competencia. Para el viernes, ya tenía la respuesta: el muro pertenecía a la Dirección General de Carreteras.

De lo “extraño” a lo “reincidente”

En una declaración que generó alarma, Puente afirmó que “las roturas de las vías son problemas recurrentes”, una postura que contrasta con sus declaraciones iniciales, en las que calificaba este tipo de fallos como eventos “muy extraños”. Esta contradicción ha alimentado la percepción de que el ministro ha ido adaptando su discurso según las evidencias, sin asumir una responsabilidad directa.

El Ministerio de Transportes ya enfrenta una investigación judicial por presuntos casos de corrupción que han llevado a la cárcel al exministro José Luis Ábalos y mantienen como imputada a la ex presidenta de Adif, Isabel Pardo de Vera. Este contexto agrava la desconfianza sobre la gestión del sector.

Presión política y exigencia de responsabilidades

Ante la acumulación de tragedias que han dejado 46 muertos en menos de una semana —45 en amuz y uno en Gelida—, la oposición ha intensificado las demandas de responsabilidades. Santiago Abascal ha sido el político más contundente desde el primer momento, mientras que Alberto Núñez Feijóo ha optado por una postura más cauta, limitándose a pedir la comparecencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso, sin exigir aún dimisiones.

Los próximos comicios en Aragón podrían servir como termómetro electoral. Los sondeos auguran un mal resultado para el PSOE, encabezado por la ex ministra Pilar Alegría, con una clara subida del PP y un crecimiento espectacular de Vox, que podría capitalizar el descontento ciudadano.

El accidente de amuz no fue un acto fortuito, sino el resultado de una cadena de errores técnicos, de mantenimiento y de gestión. La imagen del ferrocarril español, antes considerado un referente internacional, ha quedado profundamente afectada. A la exigencia de justicia por parte de las víctimas y sus familias, se suma la necesidad de una reestructuración profunda del sistema para evitar que tragedias como esta se repitan.

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