El poder oculto de las aguas de Bath, entre la salud y la superstición
Bath, pequeña ciudad situada en el suroeste de Inglaterra, conserva un esplendor que parece haberse detenido en el tiempo. En su compacto centro histórico se pueden admirar tanto elegantes casas de los períodos georgiano y victoriano, como las termas romanas dedicadas a la diosa Sulis, donde el vapor aún se eleva desde las profundidades de la tierra y el río Avon alcanza los 46 °C, adquiriendo una llamativa tonalidad verde por el calor, el fondo acuático y la luz solar.

Fundada alrededor del año 75 d.C. bajo el nombre de Aquae Sulis, la ciudad romana se convirtió en uno de los principales santuarios termales de Britania. La diosa celta Sulis, asociada al inframundo, fue sincretizada por los romanos con Minerva, dando lugar a un complejo donde el agua caliente no solo ofrecía baños, sino también un espacio de culto y encuentro social, cargado de significado simbólico y terapéutico.
Los misterios de las defixiones romanas
Entre columnas corintias —recreadas en la época victoriana—, piscinas y altares, existía una dimensión más oculta. Los visitantes del templo de Sulis‑Minerva realizaban una serie de rituales que iban desde ofrendas hasta conjuros y maldiciones. Las monedas arrojadas al agua eran símbolos de esperanza, buscaban el favor divino para recuperar la salud o evitar enfermedades. Además, se depositaban objetos como joyas y utensilios, pero lo más intrigante fueron las pequeñas láminas metálicas con inscripciones.
Estas láminas, conocidas como defixiones, estaban grabadas principalmente en plomo o aleaciones similares, materiales baratos y maleables, pero también considerados portadores de propiedades mágicas. En ellas, personas corrientes expresaban peticiones de venganza, castigo o justicia divina, a veces redactadas por escribas que invertían letras o trazaban textos en espiral para potenciar su efecto mágico.
En las aguas de Bath se han encontrado alrededor de 130 defixiones, cuya cronología abarca desde el siglo II hasta el IV d.C. Estos fragmentos forman un archivo secreto de la vida cotidiana romana, revelando frustraciones y deseos de ciudadanos anónimos: robos de vasos de bronce, pérdida de guantes, o el simple anhelo de que el responsable sufra una maldición. Un ejemplo de estas inscripciones dice: «Quien se llevó mi vaso de bronce, sea maldito; que su sangre manche el mismo vaso».
Hoy, estas piezas se exhiben en los museos que forman parte de las termas de Bath, ofreciendo una visión única de cómo la religión, la magia y la vida diaria se entrelazaban en la Britania romana.
Bath sigue siendo un balneario moderno, pero su patrimonio no se limita a las aguas termales. La arquitectura de la ciudad fue también influenciada por el espíritu renacentista italiano, particularmente por el arquitecto Andrea Palladio, cuyas ideas de proporción y simetría marcaron la arquitectura georgiana británica y dieron origen al estilo regencia.
Dos ejemplos sobresalen:
- The Circus: un conjunto residencial de planta circular que evoca la forma de un circo romano, reinterpretado con una estética típicamente inglesa.
- Royal Crescent: una majestuosa fila de treinta casas unidas por una fachada semicircular, considerado uno de los mejores ejemplos conservados del urbanismo del siglo XVIII. La casa número 1 está abierta al público y recrea la vida de la alta sociedad georgiana mediante mobiliario original, pinturas y proyecciones audiovisuales.
La conexión literaria de Bath con Jane Austen también es significativa. Aunque la autora nunca habitó en Royal Crescent, paseaba por sus alrededores y sus experiencias en la ciudad inspiraron varias de sus novelas. Hoy se puede visitar el museo de Gay Street, última residencia de Austen, donde actores recrean episodios de su vida y los visitantes pueden degustar el famoso “Sally Lunn”, un bollito de origen hugonote.
Otro personaje destacado es el astrónomo William Herschel, quien desde su jardín en Bath descubrió Urano en 1781 con un telescopio de su propia construcción. Su casa ha sido transformada en el museo de astronomía de la ciudad, simbolizando el paso de la superstición a la ciencia.
En definitiva, Bath ofrece un recorrido singular donde la historia romana, la arquitectura georgiana, la literatura del siglo XIX y los avances científicos convergen en un espacio compacto y fascinante.
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