El truco que nadie ve, ¡solo por los pelos!
En la década de los setenta, la escasa oferta televisiva en Ecuador obligaba a muchos hogares a sintonizar un único canal, lo que limitaba enormemente las opciones de entretenimiento. Fue en ese contexto que el programa Soul Train, conducido por Osvaldo Valencia, llegó a la televisión ecuatoriana gracias a los propietarios de la discográfica J. D. Feraud Guzmán, quienes buscaban introducir géneros y artistas afroamericanos en un país aún mayormente rural.
El show, una adaptación del programa estadounidense de Don Cornelius, permitió a los jóvenes de la periferia ecuatoriana descubrir por primera vez el soul, el R&B y el funk, y, sobre todo, admirar los vibrantes números de baile protagonizados por grupos de chicas y chicos que mostraban su alegría en cada coreografía.
El afro como símbolo de identidad y resistencia
Más allá de una moda pasajera, el peinado afro adquirió en los años sesenta y setenta un profundo significado político. Convertido en emblema del movimiento por los derechos civiles y del Black Power, el cabello natural se erigió como acto de reivindicación del orgullo negro y rechazo de los cánones de belleza eurocéntricos. Llevar el afro no era solo una cuestión estética, sino una declaración de pertenencia y resistencia frente a una sociedad estructuralmente jerárquica.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la presión social hizo que muchos artistas y figuras públicas sustituyeran sus afros por peinados alisados o por pelucas, reflejando una tendencia creciente a domesticarse los rasgos afrodescendientes.
Esta presión se manifestó de forma particularmente violenta en varios países latinoamericanos. En la República Dominicana, en 2019, se difundieron audios de un director de liceo que gritaba contra estudiantes que lucían su cabello natural, calificándolo de “chabacanería”. Ese mismo año, la directora de Género del Ministerio de Educación, impulsora de la campaña “Ni pelo bueno ni pelo malo”, fue destituida tras la suspensión de una niña por llevar el cabello afro, a pesar de que la salida del cargo se justificó oficialmente por ausencias laborales.
El discurso de que el cabello afro es “pelo malo” se ha interiorizado desde la infancia, generando en muchas mujeres la necesidad de someterse a tratamientos dolorosos como alisados químicos, permanentes y, en algunos casos, a quemaduras en el cuero cabelludo. Decidir volver al cabello natural, entonces, implica no solo un cambio de estilo, sino también la superación de años de estigmatización y vergüenza.
En respuesta a esta discriminación, diversas iniciativas han surgido en el Caribe y América Latina para reivindicar el afro como expresión de identidad y libertad, promoviendo la aceptación del cabello en su forma natural.
El control sobre el aspecto físico de los menores no se limita a la población afrodescendente. En El Salvador, el gobierno de Nayib Bukele implementó en 2025 un “corte de cabello ecuo” obligatorio en colegios públicos como medida de seguridad contra las pandillas, estableciendo un catálogo de peinados al estilo de regímenes autoritarios. Recientemente, la presidenta de Perú, Keiko Fujimori, anunció un reglamento escolar que exige a los “hombrecitos” portar el pelo corto, argumentando que la disciplina y el rendimiento académico dependen de la apariencia.
Estas imposiciones reflejan una tendencia a utilizar la estética como mecanismo de control social, bajo la premisa de que la uniformidad capilar contribuirá a la mejora del comportamiento y el desempeño escolar, sin abordar los verdaderos problemas estructurales que aquejan a los sistemas educativos.
Francisco Sánchez, director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca, analiza estos fenómenos como parte de una discusión más amplia sobre racismo, género y poder en América Latina, subrayando que la dignidad de miles de niñas y jóvenes sigue pendiendo de la libertad de decidir cómo llevar su propio cabello.
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