La otra separación del acogimiento: crecer sin hermanos en el sistema de protección

La incorporación de un niño o una niña al sistema de protección infantil implica un cambio profundo en su vida. Además de abandonar su entorno habitual y adaptarse a nuevas rutinas, el menor debe enfrentar la ruptura con sus padres y, a menudo, la distancia con sus hermanos, una situación que, aunque menos visible, tiene consecuencias decisivas.

“Separar a un niño o una niña de su espacio de convivencia es un duelo que puede ser muy traumático y perjudicial”, señala Mario Ramos, técnico del área de Aldeas Infantiles SOS, en una entrevista con El Independiente. En este contexto de pérdida, la presencia de los hermanos puede convertirse en un factor clave para amortiguar el impacto emocional, sin eliminarlo por completo.

El vínculo fraternal como elemento clave en la protección infantil

En España, más de 55 000 menores están bajo medidas de protección. Todos ellos han sido separados de sus padres, pero no existen datos oficiales que indiquen cuántos también han sido separados de sus hermanos. Según el informe «Hermanos en acogimiento: Derecho a crecer siempre juntos», esta separación adicional debilita aún más sus redes sociales básicas.

Cuando la atención parental no puede garantizarse, preservar el vínculo entre hermanos deja de ser una opción deseable para convertirse en una necesidad. “Preservar esas relaciones significativas es una garantía frente al desarraigo, la incertidumbre y la soledad que acompañan la entrada al sistema”, subraya Ramos.

El estudio de Aldeas Infantiles sostiene que las relaciones fraternales cumplen un papel protector en contextos adversos, proporcionando apoyo emocional y reforzando el sentimiento de pertenencia. No se trata solo de compañía; es un sostén esencial cuando todo lo demás parece fragmentarse.

Más allá del aspecto emocional, el vínculo entre hermanos influye directamente en el desarrollo de la identidad. “Las personas nos construimos en la relación. Yo soy quien soy porque me relaciono con mi entorno, y lo hago desde la seguridad que me ofrecen esas relaciones”, explica el experto. En la infancia, esta construcción es particularmente frágil.

Para un adulto, la ausencia de un hermano puede conceptualizarse como una cuestión de identidad; para un niño, se traduce en una pérdida palpable. “No es capaz de hacer esa reflexión compleja, pero sí sabe que pierde a alguien importante”, afirma Ramos, añadiendo que ese “echar de menos” no es una emoción pasajera, sino una ruptura que puede afectar la autopercepción.

Puntos Clave
  • Separar a un niño o niña de sus hermanos al ingresar al sistema de protección infantil genera un duelo traumático que intensifica el impacto emocional de la ruptura familiar
  • En España hay más de 55 000 menores bajo protección, pero no existen datos oficiales sobre cuántos también son separados de sus hermanos, lo que debilita sus redes sociales básicas
  • Preservar el vínculo fraternal pasa de ser una opción deseable a una necesidad esencial para evitar el desarraigo, la incertidumbre y la soledad cuando la atención parental no puede garantizarse
  • Las relaciones fraternales actúan como un factor protector que brinda apoyo emocional

En muchos casos, la relación entre hermanos ya está marcada por situaciones de vulnerabilidad. Los mayores asumen responsabilidades de cuidado ante la incapacidad de los padres, adoptando roles que no les corresponden. “La parentalidad se traslada a la infancia: los hermanos mayores cuidan de los pequeños”, comenta Ramos.

Uno de los grandes retos del sistema de protección es intervenir sin romper esos lazos, evitando al mismo tiempo que la carga de cuidado recaiga permanentemente sobre los menores. “La parentalidad y el cuidado deben recaer siempre en los profesionales, garantizando que los niños reciban un desarrollo acorde a su etapa vital”, insiste.

Aunque la normativa española y las directrices internacionales establecen que los hermanos no deben separarse salvo por razones justificadas en su interés superior, la práctica muestra una brecha entre el marco legal y su aplicación. El informe de Aldeas Infantiles señala la insuficiencia de recursos como una de las principales causas de estas separaciones, evidenciando la distancia entre la legislación y la realidad.

“Muchas veces no se pone por delante el interés del niño, sino la forma en que organizamos las estructuras”, afirma Ramos. “Adaptamos a los niños a las políticas, cuando debería ser al revés”.

Esta situación se agrava por la desigualdad territorial. Las diferencias entre comunidades autónomas en recursos, criterios y capacidad de respuesta hacen que la protección no sea homogénea. “No puede depender de dónde nazcas; la respuesta debería ser la misma para todos”, recalca el técnico.

Otro problema persistente es la falta de participación real de los menores en las decisiones que les afectan. Aunque se reconoce cada vez más su derecho a ser escuchados, sus voces siguen teniendo un peso limitado. “Decimos que la infancia es poco participativa, pero no creamos espacios para que lo sea”, denuncia Ramos. Cuando los niños participan, sus demandas a menudo se minimizan por considerarse poco relevantes desde una mirada adulta.

Desde Aldeas Infantiles se insta a los organismos públicos y a las administraciones a crear y reforzar espacios de participación efectivos, donde los niños y niñas puedan expresar sus necesidades y ser tenidos en cuenta. Estas pequeñas decisiones son esenciales para su desarrollo personal; poder elegir, opinar o expresar sus necesidades no es un gesto menor, sino parte fundamental del proceso de construcción como individuo y como ciudadano.

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Carlos Mendoza Vargas Periodista

Licenciado en Comunicación Social con mención en Periodismo por la Universidad Central de Venezuela. Tiene 12 años de experiencia en cobertura de política nacional y conflictos sociales, con pasantías en medios internacionales como BBC Mundo. Especializado en periodismo de investigación y análisis político.

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