La violencia que no es: el peligro de pensar que vivimos tiempos peligrosos
En la actualidad se habla con frecuencia de una supuesta violencia política que acecharía a Europa, mientras que la realidad muestra que estamos viviendo uno de los periodos más pacíficos de la historia reciente del continente. La abundancia de titulares alarmistas contrasta con datos que indican una estabilidad sin precedentes, lo que hace necesario precisar la escala de los hechos y distinguir entre violencia real, amenazas y la creciente polarización del discurso público.
Violencia política en Europa: una visión comparada
Para entender la magnitud de la violencia política actual es preciso volver a la historia reciente y situar los números en contexto:
- La Guerra Civil española provocó alrededor de 500.000 muertos.
- La represión franquista de la posguerra ejecutó a decenas de miles y mantuvo encarcelados a cientos de miles.
- Durante la Transición (1975‑1982) se contabilizaron unas 700 víctimas, entre asesinatos de miembros de ETA, GRAPO, FRAP y atentados de la extrema derecha.
- ETA, antes de disolverse, dejó 853 muertos.
- Italia contabilizó 428 víctimas en los años de plomo.
- La RAF alemana mantuvo su actividad durante dos décadas.
- El conflicto en Irlanda del Norte cobró más de 3.500 fallecidos.
- Otros asesinatos políticos destacados: Olof Palme (1986), Aldo Moro (1978), Carrero Blanco (1973), José María Dato (1921) y José Canalejas (1912).
Frente a ese pasado sangriento, los incidentes que generan la alarma actual son, en términos absolutos, modestos. Entre los hechos más graves de la última década se encuentran:
- El intento de atentado contra el primer ministro eslovaco Robert Fico.
- Dos intentos contra el expresidente estadounidense Donald Trump.
- El asesinato del activista estadounidense Charlie Kirk.
- Los tiroteos contra diplomáticos israelíes en Washington.
- Los atentados contra legisladores demócratas en Minnesota.
- La muerte del activista francés Quentin Derache en febrero.
- El aumento de amenazas contra cargos electos en varios países europeos.
Los registros independientes de violencia política en Europa se han mantenido estables desde 2020, y los estudios académicos contabilizan apenas 36 atentados o conspiraciones contra cargos electos en todo el continente durante los últimos diez años. Si se comparara con cualquier semana de la década de 1980, la cifra resultaría mucho mayor.
La percepción de un aumento de la violencia se explica, entre otras cosas, por tres factores clave:
1. La inmediatez de la información
Hoy cualquier suceso se difunde simultáneamente en múltiples pantallas y en cuestión de minutos. Un disparo en Bratislava o en Minnesota pasa a ser noticia global antes de que la policía haya asegurado la zona, lo que lleva a la mente humana a sobreestimar la frecuencia de los hechos al recordarlos con mayor facilidad.
2. La ampliación del concepto de violencia
El término «violencia» se ha extendido para abarcar no solo asesinatos, sino también insultos en redes sociales, caricaturas ofensivas o escracheos en la puerta de domicilios. Esta dilución semántica hace que la palabra pierda su capacidad de distinguir entre un homicidio y un debate acalorado.
3. Cambios en la tolerancia social y amnesia generacional
El umbral de tolerancia ha descendido; conductas que antes se consideraban aceptables ahora generan rechazo, lo que amplifica la percepción de gravedad. Además, las generaciones menores de 40 años no han vivido los años de violencia política del siglo XX y, por tanto, pueden interpretar cualquier atentado como una catástrofe inesperada.
Otro elemento que alimenta la narrativa alarmista es la utilización del concepto de violencia como arma política. Acusar al adversario de fomentar la violencia se ha convertido en una práctica frecuente, pues implica colocar al rival en el terreno de la ilegalidad sin necesidad de pruebas contundentes. Esta estrategia desvaloriza el término y dificulta su uso en casos realmente graves.
La lógica de los entornos digitales refuerza este fenómeno: los algoritmos privilegian contenidos que provocan emociones intensas, y el miedo genera mayor número de clics, compartidos y comentarios. El resultado es un clima permanente de alarma que a menudo carece de fundamento objetivo.
El uso indiscriminado del término «violencia» tiene consecuencias prácticas. Primero, banaliza los hechos graves al equipararlos con expresiones polémicas; segundo, alimenta una profecía autocumplida al normalizar la idea de una guerra civil inminente, lo que puede justificar restricciones a la libertad de expresión; y, por último, imposibilita la medición y el diagnóstico preciso del problema, obstaculizando la formulación de políticas públicas efectivas.
En conclusión, la violencia política real en Europa se mantiene en niveles históricamente bajos. Sin embargo, existen fenómenos vinculados —amenazas, hostigamiento digital y una retórica cada vez más polarizada— que requieren atención, aunque no deben confundirse con actos letales. Preservar la paz alcanzada implica reconocer la diferencia entre ruido mediático y hechos graves, y reservar el vocabulario serio para los incidentes que realmente lo ameriten.
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