Ladrones de cadáveres, el siniestro negocio del que surgió la cirugía moderna
En la penumbra de un cementerio a las afueras de Londres, tres hombres se deslizan entre la niebla con herramientas silenciosas: una pala de madera, una palanca, un gancho de carnicero y un saco de tejido grueso. Su objetivo no es el robo de joyas ni de objetos de valor, sino la extracción de cuerpos recién enterrados, una práctica que, aunque macabra, servía a la ciencia y a la humanidad en los comienzos del siglo XIX.

En menos de quince minutos excavan un pozo estrecho que alcanza la cabecera del ataúd recién sepultado. Con la palanca introducen el gancho, rompen la cubierta de la caja y, mediante un tirón vigoroso, sacan el cadáver como si fuera una pieza de carne. Antes de colocar el cuerpo en el saco, le quitan la mortaja y la devuelven a la fosa, dejando clara la finalidad del “robo”.
El negocio clandestino de los ladrones de cadáveres
En esa época, las prestigiosas facultades de medicina británicas dependían de una alianza clandestina con el hampa para obtener material anatómico. Al día siguiente, el cuerpo desenterrado era recibido en la puerta trasera de un renombrado anfiteatro anatómico. Para los ladrones, robar objetos de una tumba implicaba castigos severos como la deportación o la horca; sin embargo, el robo de un cadáver era considerado una simple falta administrativa, pues el cuerpo ya no pertenecía a nadie.
Esta extraña relación permitió que la medicina moderna surgiera, paradójicamente, con la ayuda de los “ladrónes de cáveres”. La historia, recogida por el oftalmólogo James Moores Ball en el libro Lrones de cáveres, una realid aterrora (El Desvelo Ediciones), muestra el cinismo de los cirujanos de la época.
Las disecciones de cadáveres eran una práctica heredada de la Grecia clásica. A principios del siglo XIX, Edimburgo y Londres se consolidaron como los centros mundiales de la anatomía, atrayendo a estudiantes de todo el continente. No obstante, la legislación británica sólo permitía la disección de criminales ejecutados, según el Murder Act de 1752. Con la disminución de las ejecuciones públicas y el aumento de los estudiantes de medicina, la demanda de cuerpos superó con creces la oferta.
Los anatomistas recurrieron entonces a los “proveedores” del bajo mundo. Los médicos mejor pagados ofrecían entre cuatro y catorce guineas por cada “pieza”, una suma equivalente a varios meses de salario para un obrero. Sir Astley Cooper, renombrado cirujano londinense, defendió abiertamente esta práctica ante un comité parlamentario, declarando: “No hay persona en este reino, sea cual sea su posición social, a la que yo no pueda conseguir diseccionar si me lo propongo”.
El temor de la población se manifestó en la construcción de dispositivos como los mortsafes, jaulas de hierro que se atornillaban sobre las fosas, y en la vigilancia constante de los cementerios. A finales de la década de 1820, el negocio se volvió tan arriesgado que los precios de los cuerpos aumentaron, pero la demanda siguió siendo alta.
El caso de Burke y Hare

- En 1828, William Burke y William Hare, residentes en un barrio pobre de Edimburgo, descubrieron una vía rápida de ingresos al vender el cuerpo de un inquilino fallecido a Robert Knox, el anatomista más influyente de la Universidad de Edimburgo.
- Knox pagó siete libras y diez chelines por el cadáver y mostró interés en recibir más “material”.
- Durante los diez meses siguientes, la pareja asesinó a mendigos, prostitutas y viajeros, empleando el método del “burking”: cubrir la nariz y la boca con una mano y sujetar la mandíbula con la otra, dejando el cuerpo sin marcas visibles.
- Knox recibió dieciséis cuerpos frescos, pagando una fortuna por cada uno.
El horror culminó cuando Burke fue descubierto, juzgado y ahorcado ante una multitud de 25 000 personas. Irónicamente, su propio cuerpo fue diseccionado en la universidad a la que había abastecido. Sin embargo, la práctica no desapareció de inmediato. En 1831, un grupo conocido como los “London Burkers” replicó el crimen en la capital, ahogando a niños e indigentes antes de entregar los cuerpos al King’s College.
Ante la creciente presión pública, en 1832 se aprobó la Ley de Anatomía (Anatomy Act), que legalizó la entrega a las universidades de los cuerpos de personas fallecidas en hospicios, asilos y hospitales sin familiares que pudieran costear su entierro. Con ello, el saqueo de tumbas cesó, aunque la deuda moral quedó latente: los atlas médicos y las técnicas quirúrgicas que hoy salvan millones de vidas se fundaron, en parte, en la carne no reclamada de los más vulnerables.
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