¿Se puede matar con la mente como Carrie? Lo que la ciencia demuestra (y Putin confirma) sobre la telequinesis
La nueva serie de “Carrie” de Prime Video ha conquistado las listas de visualizaciones globales, ofreciendo una versión contemporánea del clásico de Stephen King que combina terror, venganza y la angustia de la adolescencia. El proyecto está al mando de Mike Flanagan, el creador de éxitos de terror como The Haunting of Hill House y Midnight Mass, quien ha sido alabado por el propio King como el mejor adaptador audiovisual de sus obras. King, además, aparece como productor ejecutivo, aunque la serie no pretende copiar ni la novela original de 1974 ni el icónico filme de Brian De Palma de 1976.

Una versión del siglo XXI para la Generación Z
Ambientada en un instituto del presente, la adaptación sitúa a Carrie White, interpretada por Summer H. Howell, como una joven acosada por sus compañeros y una madre fanática, encarnada por Samantha Sloyan. La serie traslada la “asfixia” de la protagonista a la era de las redes sociales, donde el bullying se vuelve viral y los linchamientos escolares se transmiten en directo. La famosa escena del cubo de sangre, que en la película de De Palma era una broma sádica, aquí se convierte en un acto de venganza masiva, alimentado por la energía de la telequinesis.
En contraste con la obra original, que se apoya en informes forenses y testimonios judiciales, y con el estilo barroco de De Palma, la serie de Flanagan explora de forma explícita los poderes sobrenaturales de Carrie, identificándolos como telequinesis: la capacidad de mover objetos y provocar fenómenos con la mente.
Esta representación plantea la eterna pregunta de si la telequinesis es real o simplemente un mito. La ficción de Flanagan, al igual que los escritos de King, sitúan la procedencia de los poderes en una “presencia demoníaca” que se cuela en la pubertad, una visión que remite a las persecuciones de brujas de la Inquisición y los puritanos coloniales.
Históricamente, antes de que los términos “psicocinesis” o “telequinesis” surgieran a finales del siglo XIX, cualquier fenómeno inexplicable se atribuía al Diablo, a los espíritus (poltergeists) o a la santidad. Los juicios de Salem en 1692, con platos que volaban y cuerpos retorciéndose sin causa aparente, son un claro ejemplo de cómo la humanidad ha buscado explicaciones sobrenaturales para lo que la ciencia de la época no podía entender.
Con la aparición de la parapsicología experimental en la década de 1930, el estudio de estos fenómenos pasó de la superstición a los laboratorios. J. B. Rhine, de la Universidad de Duke, fundó un laboratorio que pretendía medir la influencia de la mente sobre la materia mediante experimentos de “intención”. Aunque reportó resultados estadísticamente favorables, la falta de doble ciego, los sesgos de confirmación y la imposibilidad de replicar los hallazgos relegaron sus conclusiones al terreno de lo no verificable.
Durante la Guerra Fría, tanto la Unión Soviética como Estados Unidos financiaron investigaciones sobre fenómenos psíquicos. Los soviéticos apoyaron a la médium Nina Kulagina, quien supuestamente movía objetos pequeños bajo cámaras de alta velocidad, mientras que la CIA patrocinó el controvertido Proyecto Stargate, buscando aplicaciones militares de la visión remota y la telequinesis. El proyecto fue cancelado en los años noventa tras un informe que concluyó que no existían pruebas empíricas de utilidad operativa.
Más recientemente, el laboratorio PEAR (Princeton Engineering Anomalies Research) de la Universidad de Princeton intentó demostrar que la concentración humana podía afectar generadores de números aleatorios. Al cerrar en 2007, los resultados seguían siendo estadísticamente insignificantes y no reproducibles. Por su parte, la Fundación James Randi mantuvo, durante décadas, un premio de un millón de dólares para quien demostrara bajo condiciones controladas la telequinesis; hasta la fecha, nadie ha cobrado el premio.
Desde la perspectiva de la ciencia moderna, la telequinesis choca contra tres obstáculos fundamentales:
- Brecha energética: El cerebro humano consume alrededor de 20 vatios y genera campos magnéticos de femtoteslas, órdenes de magnitud demasiado pequeños para mover siquiera una partícula de polvo.
- Primera ley de Newton: Si una mente pudiera ejercer una fuerza suficiente para lanzar a un individuo de 80 kg, el cerebro debería experimentar una reacción igual y opuesta, lo que provocaría un daño catastrófico al propio emisario.
- Falta de una quinta fuerza: En la física existen solo cuatro fuerzas fundamentales (gravedad, electromagnetismo, nuclear fuerte y nuclear débil). No hay evidencia de una “fuerza mental” capaz de transmitir energía a distancia.
En términos geopolíticos, la inexistencia de la telequinesis también resulta evidente. Si fuera posible entrenar el sistema nervioso para destruir estructuras o neutralizar objetivos a kilómetros de distancia, los grandes poderes no invertirían miles de millones en misiles hipersónicos, tanques y drones; simplemente emplearían ese poder para la supremacía militar.
“Carrie” se consolida como una de las producciones más vistas de Prime Video, ofreciendo una catarsis violenta que, aunque efectiva en pantalla, no trasciende al mundo real. La venganza contra los acosadores sigue siendo una fantasía; en la vida cotidiana, la única respuesta viable sigue siendo la resiliencia, el apoyo mutuo y, en última instancia, el “karma” que la propia serie sugiere.
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