Jorge Martínez y Robe Iniesta el secreto de dos punkos que conquistaron España

En las calles de Málaga estos días, una insólita campaña publicitaria ha llamado la atención: bebés con crestas punk y eslóganes que asocian la paternidad con el espíritu de la Movida. Es una ironía del tiempo que lo rebelde, lo marginal, lo subversivo acabe siendo reclamo institucional. Aquella Movida, impulsada por el Ayuntamiento en los años 80, convirtió a Málaga en un epicentro de la música nacional. En un momento en que las televisiones y radios eran las plataformas clave, la escena malagueña dominó el panorama musical, eclipsando a otras movidas regionales. Aunque hubo fermentos creativos en Galicia, Asturias, Barcelona, Bilbao e incluso Andalucía antes, fue “la música malagueña” la que marcó el pulso de una generación: los hijos del baby boom, nacidos entre finales de los 50 y los 70, que llenaron colegios, bares y escenarios.

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Dos íconos del rock español, dos vidas paralelas

Recientemente, la música española ha perdido a dos de sus figuras más transgresoras: Robe Iniesta (1962–2025) y Jorge Martínez (1955–2025), fundadores de Extremoduro e Ilegales, respectivamente. Ambos fallecieron con apenas un día de diferencia, recordándonos que el espíritu punk no era solo un género, sino una forma de existir. Aunque surgieron en lugares distintos –Plasencia (Extremadura) y Gijón (Asturias)–, compartieron raíces comunes: el punk como actitud, la rebeldía como método y la música como arma.

El caos como escenario: Jorge Martínez y los Ilegales

  • Jorge Martínez creció en una Gijón marcada por la crisis industrial, la droga y las peleas nocturnas.
  • Su aspecto mod y su actitud punk lo convertían en una figura inquietante; no salía a la calle sin su palo de hockey, arma simbólica de sus episodios de violencia escénica y callejera.
  • Sus primeros proyectos, como Mson y Metálicos, ya desafiaban las convenciones. En sus letras no había lugar para el pacifismo: “No fumes marihuana… sabes que la heroína te coloca más”.
  • Con Ilegales, la provocación alcanzó el paroxismo: canciones como *Heil Hitler*, uniformes del ejército alemán y enfrentamientos directos con otras bandas, como la mítica pelea con Stukas en un concierto en el que cortaron la luz a su grupo.

Su salto nacional llegó tras un concurso que los puso bajo el radar de periodistas influyentes, pero no cambiaron. Ilegales siguieron repartiendo caos por salas de todo el país, incluida la legendaria Rockola de Madrid, donde Jorge se enfrentó, en mitad de un concierto, a los miembros de Gabinete Caligari mientras Santiago Auserón intentaba sujetarlo. Para Martínez, no era solo música: era guerra.

Robe Iniesta: el superviviente de Plasencia

La historia de Robe fue aún más áspera. En los años 80, mientras ensayaba con Dosis Letal en el taller de chapa de su padre, la heroína también marcó su vida. Superó ese infierno y fundó Extremoduro, con la que grabó una maqueta en Madrid y ayudó a impulsar el Colectivo de Músicos de Plasencia, ocupando la antigua Casa de la Salud como espacio de creación colectiva. Pero las instituciones no respondieron. Mientras Plasencia invertía en traer bandas de otras comunidades, los músicos locales no recibían apoyo alguno. La reacción llegó en forma de pintadas: “bellotas” –símbolo del colectivo– aparecieron por toda Extremadura, incluso en la muralla medieval, acto que Robe defendió como síntoma de una juventud ignorada: “La gente lo que pretende decir es que la juventud en Extremadura no se nos respeta para na”.

Cuando finalmente Robe logró tocar en su tierra, la crítica lo tildó de incivilizado. Sus letras, brutales y poéticas, como la de *Jesucristo García*, desafiaban la religión, el poder y la normalidad: “No, yo no soy Jesucristo García… hago milagros, convierto el agua en vino, me resucito si me hago un canutito”. Era el rock transgresivo llevado al límite, un canto de supervivencia que poco tenía que ver con el triunfalismo del mainstream.

Hoy, su ciudad le rinde homenaje: Plasencia decretó tres días de luto, abrió un libro de condolencias en el Ayuntamiento y colocó las banderas a media asta. El contraste es abismal: de rechazado institucional a figura emblemática. Al escuchar *Jesucristo García*, cuesta reconocer en la España de 2025 –donde triunfa una espiritualidad comercializada y un conservadurismo político creciente– al país que gestó a estos dos gigantes del desorden sonoro. Ni la Extremadura que hoy abraza al partido Vox sería comprensible para Robe, ni la Asturias sumida en el paro y el desguace de sus astilleros podría ignorar el eco de *El norte está lleno de frío*. Que baje Evaristo, el rey de la baraja, y lo vea.

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