China, el Gran Dragón de Oriente que pudo descubrir América décadas antes que Cristóbal Colón
Antes de que los navegantes europeos iniciaran sus rutas de descubrimiento, la potencia más formidable del siglo XV era la China imperial de la dinastía Ming. Desde 1405, el almirante Zheng He comandó una serie de expediciones que cruzaron el Océano Índico, llegando a las costas de la India, Arabia, África Oriental, y a los reinos de Java y Borneo. La última de estas travesías concluyó en 1433, cuando la flota regresó cargada de riquezas tras haber surcado los mares de Kenia, el estrecho de Bab al‑Mandab, Ormuz y La Meca.

La grandeza de la flota de Zheng He
Los barcos de la “flota del tesoro”, conocidos como baochuan, superaban con creces a las naves europeas de la época. Con una eslora de hasta 130 metros, eran el doble de largos que los buques de guerra occidentales y estaban equipados con compartimentos estancos que los hacían prácticamente insumergibles. Marco Polo ya había descrito su inmensa escala, pero la tecnología china incluía también sistemas de navegación avanzada, almacenes de agua dulce y embarcaciones especializadas para el transporte de caballos.
Una expedición típica podía reunir hasta 27 800 hombres y contar con una flota modular que incluía:
- Buques de guerra y de transporte de mercancías.
- Navíos dedicados al traslado de caballos y ganado.
- Barcos equipados con tanques de agua dulce y provisiones frescas.
- Un contingente de más de 30 profesionales: médicos, astrónomos, carpinteros y traductores de árabe y suajili.
Al llegar a Pekín, la tripulación desbordó la capital con una exhibición de bienes de lujo y animales exóticos que jamás habían visto los habitantes de la ciudad. Sin embargo, Zheng He había fallecido meses antes de su regreso y no presenció la recepción de estos regalos por parte del emperador.
Pocos años después, los burócratas de la dinastía Ming ordenaron la quema de los registros náuticos de los viajes, desmantelaron la flota y adoptaron una política de aislamiento que perduraría durante siglos. Aun así, la memoria de sus hazañas quedó grabada en los relatos de los pueblos con los que contactaron. Cuando los portugueses arribaron a esas mismas costas ocho décadas después, cronistas como João de Barros describieron a los locales que todavía recordaban a los “Chins” o “Chincheos”, hombres de piel clara y ropas de seda que habían llegado en gigantescos navíos.
El legado de Zheng He ha alimentado numerosas especulaciones: ¿qué habría ocurrido si la política imperial no hubiera cerrado sus puertos? Algunos imaginan que la corriente del Kuroshio, descubierta por los españoles en el siglo XVI, podría haber impulsado a una flota china hacia la costa de California o México mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles a las Antillas.
Esta fascinación ha llevado a que algunas teorías se adentren en la pseudohistoria. En 2002, el exoficial británico Gavin Menzies publicó 1421: El año en que China descubrió el mundo, afirmando que la flota de Zheng He había circunnavegado el planeta y se había asentado en América. La comunidad académica rechazó rápidamente esas ideas, como señaló el historiador Robert Finlay en sus críticas.
Según el estudio riguroso de Edward L. Dreyer, Zheng He: China and the Oceans in the Early Ming Dynasty, 1405‑1433 (2006), los viajes chinos no buscaban descubrir nuevas tierras, sino proyectar el poder del emperador a través de un sistema de tributación en el Océano Índico y África Oriental. La China imperial se consideraba ya el centro de la civilización —el “Tianxia”, “Todo bajo el cielo”— y no tenía intención de expandirse hacia el lejano Este.
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