Dos abortos espontáneos, el umbral clínico para iniciar el estudio del fallo de implantación
El fracaso repetido de la implantación y el aborto espontáneo recurrente representan dos de los retos más complejos dentro de la medicina reproductiva. Estas situaciones no se explican por una única causa ni pueden abordarse con un protocolo de estudio homogéneo.

El diagnóstico requiere identificar, caso a caso, los factores involucrados, descartando de forma sistemática variables embrionarias, uterinas, inmunológicas y endometriales antes de plantear un nuevo intento de transferencia. La frecuencia de alteraciones cromosómicas como causa subyacente varía según la edad materna y los antecedentes reproductivos, lo que imposibilita aplicar un porcentaje estándar a todas las pacientes que consultan por este motivo.
Estudio genético preimplantacional (PGT‑A)
Frente a este panorama, la comunidad científica ha establecido un criterio clínico de actuación: iniciar el estudio genético a partir de dos pérdidas gestacionales. “Haber tenido dos abortos no significa necesariamente que exista un problema que vaya a repetirse, pero sí justifica estudiar posibles causas que podamos identificar antes de intentar un nuevo embarazo”, explicó la doctora Cristina Gibert, directora de IVI Baleares. Este umbral permite equilibrar la necesidad diagnóstica, evitando estudios prematuros en pacientes cuya situación no los requiere.
El diagnóstico genético preimplantacional de aneuploidías (PGT‑A) permite analizar la dotación cromosómica de los embriones antes de la transferencia y seleccionar aquellos que son cromosómicamente normales, lo que aumenta la probabilidad de implantación por ciclo. Su aplicación está especialmente indicada en los siguientes casos:
- Edad materna avanzada.
- Antecedentes de abortos de repetición.
- Múltiples transferencias fallidas previas.
- Presencia de alteraciones cromosómicas conocidas en uno de los progenitores.
- Enfermedad genética que se desea evitar transmitir.
No obstante, el PGT‑A no constituye una prueba obligatoria para todas las pacientes sometidas a fecundación in‑vitro. En mujeres jóvenes sin antecedentes reproductivos ni genéticos que incrementen el riesgo de aneuploidías, el beneficio adicional puede ser limitado. La indicación debe evaluarse de forma individualizada, considerando el perfil clínico completo de la paciente y no únicamente el número de intentos previos.
Cuando el origen cromosómico del embrión se descarta o resulta insuficiente para explicar los fallos repetidos, el estudio se amplía hacia otros factores. La evaluación incluye posibles alteraciones anatómicas de la cavidad uterina, el estado del endometrio, el microbioma endometrial y el factor masculino, que forma parte del análisis desde la revisión inicial de la historia clínica. En determinados casos, los antecedentes de la paciente pueden justificar la ampliación del estudio al perfil inmunológico, endocrino o hematológico.
La clave del abordaje diferencial no reside en la cantidad de pruebas realizadas, sino en su pertinencia. “El objetivo no es realizar el mayor número posible de pruebas, sino identificar cuáles aportan valor en cada caso y, con ello, evitar pruebas o tratamientos innecesarios”, señala la Dra. Gibert. Este enfoque multidisciplinar e individualizado parte siempre de una revisión exhaustiva de los antecedentes y de los ciclos previos, lo que permite orientar el diagnóstico antes de proponer cualquier intervención adicional.
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