El desmemoriado ajuste de cuentas de la ex directora de 'Caiga quien Caiga' con Contreras, Ferreras y Ana Pastor
En 2001, Luis María Anson escribió una columna en La Razón donde elogiaba el programa de Telecinco Caiga quien caiga (CQC), pero señalaba una ausencia notable: ninguna reportera femenina formaba parte del grupo de “encorbados” que aparecían con gafas de sol. Al día siguiente, el propio diario dedicó un reportaje para rectificar, anunciando que sí había una mujer en el programa y que era ella quien lo dirigía: Montserrat Fernández Villa. En los últimos días, el nombre de Fernández Villa vuelve a estar en la palestra mediática gracias a su libro‑ajuste de cuentas, El virus catódico.

El libro “El virus catódico” y sus principales ejes
Fernández Villa se autodefine como una “plumilla”, aunque su trayectoria supera con creces esa modestia. Comenzó en Rio El País bajo la tutela de José María Contreras, continuó en la Cena SER (ascenso también vinculado a Contreras) y pasó por Telemrid, empresa que, según ella, fue recomendada por el mismo Contreras. En la esfera política, trabajó como directora de comunicación de Narcís Serra durante el gobierno de Felipe González, una posición que, según ella, le facilitó contactos dentro del Partido Socialista.
Su mayor salto profesional ocurrió en Globomedia, productora co‑fundada por Contreras, donde dirigió programas para Telecinco, Canal +, TVE y La Sexta. A pesar de su paso por la política y la producción televisiva, Fernández Villa sostiene que la clave de su obra no está en la ideología, sino en la crítica a la falta de transparencia y a los “aires de grandeza” que, según ella, aparecen cuando los profesionales llegan a la pantalla.
El término “virus catódico” alude a esa arrogancia que, a su juicio, infecta a muchos televisores al comenzar a aparecer en la televisión. En sus páginas advierte tanto a la derecha —que catalogiza como “panda de indeseables”, citando a ABC, el “Pedro Jota” que se salta los off‑the‑record, los “hermanos Rojo” y los fachas que critican al PSOE solo para “gobernar en la sombra”— como a la izquierda, a la que describe como más “maja y honesta”, ejemplificada en figuras como Iñaki Gabilondo, Juan Ramón Lucas o Carlos Llamas. No obstante, también señala que en medios de izquierda se cuelan “capitalistas infiltrados”, entre ellos Augusto Delkáder, Luis Fernández, el “mafioso” de García Ferreras y, según ella, el propio Contreras, a quien acusa de haber sostenido que las mujeres debían “saber cuál es su lugar”.
Fernández Villa no escatima críticas a sus colegas femeninas. Tacha a Ana Pastor de “lrona de ideas ajenas” y la acusa de usar el programa ¿Dónde estabas entonces? como plataforma personal. A Ana García Siñeriz la describe como una vanidosa que buscaba “más frases que Carreño” en Lo Más Plus.
Además de los ataques personales, la autora denuncia lo que llama “virus Globomedia”: la capacidad de la productora para dictar gustos, definir qué es “buen periodismo” y qué constituye “telebasura”. Según Fernández Villa, Globomedia ejercía una “ética televisiva” propia y reaccionaba con “gran visceralidad” ante cualquier crítica, aplicando criterios de evaluación extremadamente duros a sus rivales mientras se exime de la autocrítica.
Uno de los episodios más controvertidos que relata es la manipulación del documental 1968: Yo viví el mayo español. El programa, que pretendía mostrar la sociedad española de 1968, fue editado por La Sexta para resaltar supuestas irregularidades en la Eurovisión de ese año, recortando declaraciones de José María Íñigo y presentándolas como prueba de “tongo” franquista. Fernández Villa señala que esta pieza fue reutilizada por programas como El Intermedio, Buenafuente y ¿Qué me dices? para favorecer a la candidatura de Chikilicuatre, pero omite reconocer su propio papel en la difusión de esa manipulación.
Otro punto álgido del libro es la descripción de su salida de CQC. Fernández Villa cuenta que Arturo Valls, a quien califica de “profesional de segunda en un programa de primera”, fue objeto de un levantamiento del equipo que amenazó con abandonar el programa si Valls era mantenido. Finalmente, Valls permaneció y ella fue expulsada. La versión de Valls, difundida por El Hormiguero y la Cena SER, difiere en varios detalles, pero la autora asegura que el resto del equipo (Wyoming, Pablo Carbonell, Tonino, Edu Arroyo) la dejó sin apoyo tras su despido, sin ofrecerle siquiera una conversación para aclarar los hechos.
El libro también aborda la venta de Globomedia a Mediapro y el posterior “desmembramiento” de la productora, describiendo cómo sus antiguos socios —entre ellos Contreras y Varela— fueron “vapuleados” sin piedad, llegando incluso a poner en riesgo la salud de Fernández Villa.
Aunque el relato está lleno de anécdotas y nombres concretos (José Antonio Abellán, Juan Antonio Alcalá, “Santiago Iturralde” como seudónimo de “Reportero Total”), la obra carece de una autocrítica significativa. Fernández Villa se limita a señalar los errores y manipulaciones de otros, sin reconocer sus propias “cagas” ni reflexionar sobre las decisiones que tomó como directora de programas.
Aun así, su libro constituye un precedente importante: es una de las pocas memorias escritas por un insider de la televisión española, rompiendo con la tradición de que solo los periodistas de prensa publicaran ajustes de cuentas. Los lectores que busquen nombres y anécdotas sin eufemismos encontrarán en El virus catódico abundantes referencias directas, aunque los que esperen una introspección honesta sobre sus propias limitaciones pueden quedar insatisfechos.
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