El gobierno que decide si comes, te curas y estudias

“Con la democracia no sólo se vota, sino también se come, se cura y se educa”. Así repetía Raúl Alfonsín durante su campaña de 1983, antes de convertirse en el primer presidente civil de Argentina tras la última dictadura militar. La frase, más que un simple lema electoral, se planteó como una promesa y, de paso, como la exigencia que se le haría al nuevo régimen democrático.

Alfonsín recordaba que los gobiernos, sin importar su forma, existen para atender las necesidades de la ciudadanía. La democracia, entendida como el conjunto de reglas que determinan quién gobierna, por cuánto tiempo y con qué límites, solo perdurará si resulta más útil y justa que el régimen anterior.

Resultados del Latinobarómetro 2026

Cuatro décadas después, el último informe de Latinobarómetro permite evaluar si esa promesa se ha cumplido. Los datos indican que la situación no es alentadora. Desde que comenzó la medición en 1995, alrededor del 15 % de los latinoamericanos ha considerado que, en ciertas circunstancias, un gobierno autoritario podría ser preferible a uno democrático. En 2026 esa cifra sube al 17 %, prácticamente idéntica a la de hace tres décadas.

Otro segmento relevante es el de los indiferentes, que en 1995 representaba el 16 % y hoy alcanza el 26 %. Sólo el 52 % de la población afirma que la democracia es la forma de gobierno que prefieren por encima de cualquier otra, lo que implica que casi la mitad de los ciudadanos de la región o bien prefiere otro sistema o no le importa.

Además, el mismo 52 % indica que no le molestaría que un gobierno no democrático llegara al poder siempre que resolviera los problemas cotidianos.

Estos indicadores generan una incómoda interrogante: ¿puede un sistema democrático sostenerse cuando gran parte de la población no lo percibe como la mejor alternativa? Hasta ahora la respuesta parece ser sí, aunque con dificultades y más por falta de opciones atractivas que por convicción democrática.

El informe también muestra una profunda insatisfacción con los servicios públicos. Cuando se pregunta cuánto ha hecho el Estado por la familia en los últimos tres años, el 73 % responde “poco o nada”, ocho puntos más que en 2011. Sólo uno de cada cuatro latinoamericanos siente que el Estado ha contribuido de manera significativa.

Puntos Clave
  • El discurso de Raúl Alfonsín vinculó la democracia con la garantía de alimentos, salud y educación, planteando que el régimen debe atender esas necesidades básicas
  • Según el Latinobarómetro 2026, el 17 % de los latinoamericanos considera que, en ciertas circunstancias, un gobierno autoritario podría ser preferible, cifra similar a la de 1995
  • El segmento de la población indiferente creció del 16 % en 1995

La caída en la valoración de los servicios es notable:

  • Educación pública: del 53 % de satisfacción en la última década al 40 %.
  • Hospitales públicos: del 39 % al 28 %.
  • Sistema judicial: del 32 % al 22 %.
  • Policía: del 34 % al 30 %.

Asimismo, el 78 % de los encuestados no confía en que sus impuestos se gasten adecuadamente.

En medio de este panorama, El Salvador destaca como una excepción que rompe la tendencia regional. Según el mismo Latinobarómetro, el 52 % de los salvadoreños considera que el Estado ha hecho “mucho o algo” por ellos, el doble del promedio regional y doce puntos más que en 2011. La satisfacción supera el 70 % en educación y policía, y supera el 50 % en salud y justicia, convirtiéndose en el único país donde la mayoría aprueba las cuatro instituciones evaluadas.

Curiosamente, el informe clasifica a El Salvador como una dictadura joven, junto a Venezuela y Nicaragua, caracterizada por la reelección indefinida, la concentración del poder y una política de seguridad que vulnera los derechos de los detenidos. Aún así, el 78 % de la población confía en el presidente, y los ciudadanos más satisfechos son precisamente los que viven bajo uno de los regímenes menos democráticos de América Latina.

Este contraste envía un mensaje contundente al resto del continente: la percepción de eficiencia y seguridad puede sobrepasar, en la mente de la población, el valor de los derechos y libertades democráticas. Cuando una parte significativa de la ciudadanía está dispuesta a aceptar limitaciones a la libertad a cambio de resultados concretos, la democracia pierde su fundamento esencial.

El desafío no radica en la demanda de servicios de calidad –algo que Alfonsín prometió y que sigue siendo legítimo–, sino en la incapacidad de las democracias latinoamericanas para cumplir esa misión de manera sostenida. La creciente aceptación de la idea de que el autoritarismo puede ofrecer seguridad y soluciones prácticas pone en riesgo la vigencia del ideal de que, con democracia, también se come, se cura y se educa.

C
Carlos Mendoza Vargas Periodista

Licenciado en Comunicación Social con mención en Periodismo por la Universidad Central de Venezuela. Tiene 12 años de experiencia en cobertura de política nacional y conflictos sociales, con pasantías en medios internacionales como BBC Mundo. Especializado en periodismo de investigación y análisis político.

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