El periodista al que Marruecos quiso silenciar: "No me sorprendió ver a miles de jóvenes nadar hacia Ceuta en cuanto oyeron que España podía dejarlos pasar"

Los semanarios TelQuel y Nishan, que durante años encabezaron la tirada de publicaciones impresas en Marruecos, hoy están bajo la dirección de personas ajenas a su fundación. Ahmed Benchemsi, quien los creó, ha pagado un precio muy alto por ejercer su derecho a la libertad de expresión y, tras ser forzado al exilio, continúa denunciando desde el exterior el deterioro de los derechos humanos en el reino.

Benchemsi fundó TelQuel en octubre de 2001, dotándola de un carácter liberal e independiente que la convirtió rápidamente en la revista más vendida del país. Su compromiso con la información veraz lo llevó a adoptar una postura crítica frente a las autoridades, lo que le generó enemigos dentro del Majzén, el círculo íntimo de Mohamed VI que ejerce el poder en la sombra. En 2005 abrió Nishan, la versión en árabe de la publicación.

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Situación actual de la libertad de expresión en Marruecos

En la práctica, ejercer la libertad de expresión en Marruecos puede implicar el riesgo de ser encarcelado por una publicación en redes sociales, una canción, un dibujo o cualquier manifestación pública que cruce las “líneas rojas” del poder. Los casos recientes ilustran la dureza del régimen:

Casos emblemáticos

  • Yasser Mounbir, grafitero, está preso por una caricatura del rey Mohamed VI difundida en Instagram.
  • Ibtissam Lachgar cumple 30 meses de condena por llevar una camiseta con la frase “Allah es lesbiana”.
  • El rapero L7assal fue sentenciado a ocho meses por criticar la normalización de relaciones con Israel.
  • El rapero T‑Flow cumple diez meses por una canción que ataca al primer ministro.
  • Nasser Zefzafi y otros líderes del movimiento Hirak del Rif llevan condenas de hasta veinte años por haber exigido pacíficamente mejoras en infraestructura y servicios en su región.

Benchemsi, quien hoy ocupa el cargo de Director de Comunicaciones para Oriente Medio y el Norte de África en Human Rights Watch, señala que su experiencia como periodista en Marruecos terminó en 2010, cuando fue condenado por publicar una encuesta sobre los diez años del reinado de Mohamed VI. La publicación desagradó a la alta esfera del palacio, que orquestó un boicot publicitario que llevó a la quiebra de Nishan. Poco después, Benchemsi vendió TelQuel y abandonó el país.

Desde el exilio, Benchemsi analiza el clima “asfixiante” que rodea al ejercicio de la libre expresión, un ambiente que alimenta el descontento, sobre todo entre la juventud. “No me sorprendió ver a miles de jóvenes marroquíes dirigirse a Ceuta cuando escucharon que España y, por extensión, la UE, podrían recibirlos”, declaró en entrevista a El Independiente.

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La represión se extiende también a periodistas de renombre. La detención y rápida liberación de Ali Lmrabet, por ejemplo, se debió en gran medida a la presión internacional y a la cobertura mediática occidental. Situaciones similares vivieron Omar Ri, Soulaiman Raissouni y Taoufik Bouachrine, quienes, tras largas condenas, fueron indultados gracias al escrutinio global.

Para los usuarios de redes sociales, activistas locales o artistas con escasa visibilidad internacional, el costo reputacional para el Estado es menor, lo que se traduce en penas más severas y menos atenuantes.

En el verano pasado, la muerte de tres manifestantes —Abdessame Oubalat, Mohamed Rahali y Abdelhakim Derfidi— bajo circunstancias aún no esclarecidas, y la detención de cientos de jóvenes durante las protestas de la llamada “Generación Z”, reflejan la respuesta autoritaria del gobierno. Según la Asociación Marroquí de Derechos Humanos, alrededor de 600 personas permanecen en prisión por su participación en esas manifestaciones.

Las protestas surgieron después de la muerte de ocho mujeres en un hospital público de Agir, donde una cesárea se realizó en condiciones deplorables. La indignación popular se intensificó al observar que el Estado destinaba recursos multimillonarios a la construcción de infraestructuras deportivas, como estadios para el Mundial 2030 y un pabellón de hockey sobre hielo, mientras la población luchaba por servicios básicos.

En los primeros años del reinado de Mohamed VI se percibió una apertura que generó expectativas de cambio. Tras 38 años de dictadura bajo Hassan II, muchos creyeron que el país entraba en una era de mayor libertad. Benchemsi reconoce que, aunque existió una voluntad real de reforma, ésta se vio rápidamente limitada por el Majzén y el entramado clientelista que sustenta al régimen. “El rey consolidó su poder y el aparato de seguridad en una década; la luna de miel terminó”, afirma.

A pesar de los avances en infraestructura, desarrollo urbano y diplomacia internacional, la libertad de expresión ha quedado relegada a un segundo plano. La élite gobernante ya no la considera una prioridad.

De cara al futuro, Benchemsi es escéptico: mientras la situación política se mantenga sin cambios estructurales, las perspectivas de mejora en los derechos humanos son limitadas. No obstante, mantiene una “optimismo de corazón”, convencido de que la historia puede dar giros inesperados.

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Carlos Mendoza Vargas Periodista

Licenciado en Comunicación Social con mención en Periodismo por la Universidad Central de Venezuela. Tiene 12 años de experiencia en cobertura de política nacional y conflictos sociales, con pasantías en medios internacionales como BBC Mundo. Especializado en periodismo de investigación y análisis político.

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