Esto no ha pasado 1x20: El último día de la Tierra
En 1704 el científico Isaac Newton, trabajando en un manuscrito confidencial, estimó que el último día de la Tierra podría llegar en el año 2060. No fue el único que intentó fijar una fecha: desde los filósofos estoicos hasta el físico Lord Kelvin, a lo largo de los siglos se han propuesto diferentes cálculos para determinar cuándo se agotará la cuenta regresiva del planeta.

Sin embargo, fue en 1952, frente a una pizarra en Múnich, cuando el físico alemán Winfried Schumann descubrió que la Tierra emite un pulso real y medible. Según su investigación, el planeta genera un “tic” de aproximadamente 7,8 pulsos por segundo, y a partir de 2023 esa frecuencia ha comenzado a acelerar.
El pulso terrestre y su posible vínculo con el clima
El hallazgo de Schumann ha llevado a la comunidad científica a preguntarse si este ritmo interno podría actuar como una bomba de relojería climática. La aceleración del pulso se interpreta como una señal de que los sistemas terrestres están respondiendo a cambios acelerados en la atmósfera y los océanos, provocados en gran parte por la actividad humana.
En una reciente entrevista, la investigadora Mar Gómez explicó que, aunque la contaminación suele asociarse con efectos negativos, algunos fenómenos inesperados podrían tener consecuencias “positivas” limitadas, como la fertilización de ciertos ecosistemas marinos por el aumento de CO₂. No obstante, estos beneficios potenciales no compensan los riesgos generales del calentamiento global.
Opciones de geoingeniería para modificar el ritmo del planeta

- Inyección de aerosoles en la estratosfera para reflejar parte de la radiación solar.
- Captura y almacenamiento directo de dióxido de carbono (DAC) mediante tecnologías basadas en la física de los pulsos atmosféricos.
- Manipulación de la cubierta de nubes mediante nanomateriales para regular la absorción y emisión de energía.
La discusión sobre estas técnicas continúa en el ámbito científico y político, pues cada propuesta implica desafíos técnicos, económicos y éticos. Mientras tanto, el pulso de 7,8 pulsos por segundo, que ahora se acelera, sigue recordándonos la urgencia de actuar antes de que el “tic” final del planeta suene.
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