Putin, atrapado en la guerra contra Ucrania, en huida hacia adelante
El general retirado Wesley Clark, excomandante supremo aliado de la OTAN, describe a Vladimir Putin como un líder atrapado sin salida clara. Según varios analistas, el presidente ruso depende cada vez más de la ayuda de aliados como el expresidente Donald Trump, China, Irán y de la distracción que representa la política estadounidense para intentar debilitar el apoyo occidental a Ucrania y esperar que el país vecino colapse.
Esta presión se refleja en la reciente intensificación de los bombardeos rusos sobre ciudades ucranianas, una medida cuyo impacto militar es marginal pero que sirve como demostración de fuerza. Rusia ha rechazado una oferta de encuentro directo con el presidente ucraniano Volodimir Zelenski para negociar el fin del conflicto y sigue señalando a Europa por su respaldo a Kiev. Ante esta situación, se anticipa una escalada de la guerra híbrida, mientras la OTAN aún busca una respuesta eficaz.
Estrategia ucraniana y respuesta rusa
Juan Rodríguez Garat, almirante retirado, sostiene que la contienda depende en gran medida de la carrera tecnológica de los drones, en la que Ucrania mantiene una ligera ventaja. “Irán distrae la atención de Trump, que ya no presiona a Ucrania; la posición de Putin se vuelve más difícil tanto política como económicamente”, afirma.
Ucrania ha intensificado los ataques a infraestructuras críticas rusas, como refinerías, y ha logrado interceptar 140 drones en San Petersburgo, a más de mil kilómetros de la frontera ucraniana, mientras una dronada alcanzó una refinería a apenas 16 km del centro del Foro Económico de San Petersburgo, el llamado “Davos de Putin”. Estas operaciones, según el investigador Nicolás de Pedro del Institute for Statecraft de Londres, “no pueden expulsar a las fuerzas rusas, pero sí ralentizan su avance y generan un gran impacto interno”.
En abril, la inteligencia británica estimó que Rusia había perdido cerca de medio millón de soldados en los más de cuatro años de guerra, con unas 30 000 bajas en ese mes, una cifra que, según la directora del GCHQ, Anne Keast‑Butler, impide a Moscú reponer combatientes al ritmo necesario. Además, se calcula que unos 700 000 veteranos deberían regresar del frente, de los cuales ya han vuelto aproximadamente 140 000, formando una base política potencialmente leal al Kremlin.
Los analistas Seva Gunitsky y Jeremy Morris, en un artículo de *Foreign Affairs*, describen la “inercia de la guerra” como un factor que mantiene a Rusia atrapada en un círculo vicioso. “El conflicto se ha convertido en el eje organizador de la vida social y económica del país; la industria depende estructuralmente del gasto militar, y regiones enteras no pueden sobrevivir sin él”. Este entramado dificulta que Putin desmovilice al ejército sin provocar una crisis de desempleo y una pérdida de legitimidad.
Jesús Manuel Pérez Triana, analista militar, explica que la guerra se ha convertido en un desgaste calculado: “Ucrania logra matar más soldados rusos con sus drones de los que Moscú puede reclutar y entrenar cada mes”. El uso de drones kamikaze de alcance medio está “machacando” las líneas logísticas rusas, mientras la presencia constante de drones en el campo de batalla hace inviable la guerra de maniobra tradicional.
Ante la debilidad de la defensa antiaérea ucraniana, el Kremlin ha incrementado los bombardeos no tanto para avanzar territorialmente, sino para ejercer presión sobre la población ucraniana y los países europeos que la apoyan, buscando forzar una solución negociada bajo sus términos. Las amenazas a diplomáticos europeos en Kiev y la presión para que abandonen sus legaciones son señales de desesperación rusa.
La experta en asuntos rusos Tatiana Stanovaya, de la Fundación Carnegie, advierte que la ventaja militar rusa se está erosionando y que Ucrania está ampliando el alcance geográfico de sus ataques. Según ella, “la única respuesta posible es una escalada que podría intensificar la guerra híbrida en los países bálticos y el flanco oriental”. Recientemente, un dron ruso cayó en territorio rumano provocando dos heridos, y el expresidente Dmitri Medvédev, ahora vicepresidente del Consejo de Seguridad, describió el hecho como “una primera señal de advertencia”.
Medvédev ha instado a los ciudadanos de la UE a reconocer que sus gobiernos han entrado “unilateralmente en guerra con Rusia” y a mantenerse alerta. Este discurso forma parte de una estrategia destinada a desestabilizar a los gobiernos europeos y a reforzar la presión que Moscú ejerce sobre la denominada “trampa negociadora”, que busca forzar la sumisión de Ucrania al Kremlin.
En el plano diplomático, la próxima cumbre de la OTAN en Ankara (7‑8 de julio) será clave. Nicolás de Pedro sugiere que, al igual que Trump intentó usar a Irán como palanca, Putin podría buscar una salida a su situación de desesperación mediante negociaciones en la cumbre. Sin embargo, la divergencia entre la postura europea, que defiende la cláusula de defensa colectiva, y la de la administración Trump, que ha vacilado en sus compromisos de tropas en Alemania y Polonia, complica la coordinación aliada.
Nina Krushcheva, bisnieta del líder soviético Nikita Krushchev, comentó a Al Arabiya que “Rusia ha perdido impulso; aunque Ucrania no está ganando, está mejor que hace dos meses. Cuando las cosas no le salen, Putin tiende a escalar la violencia”. Su observación subraya la naturaleza impredecible del conflicto y la probabilidad de que Rusia continúe aumentando la presión militar y diplomática mientras busca preservar su posición.
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