Un nuevo estudio analiza si es seguro conservar pescado en envases de plástico

Al comprar un filete de salmón o una merluza fresca en el supermercado, la mayoría de los consumidores se preocupa por mantener el producto refrigerado para evitar la proliferación bacteriana. Lo que suele pasar desapercibido es la posible contaminación derivada de los envases de plástico empleados para su conservación. Cuando el pescado se guarda en la nevera o el congelador, los aditivos químicos del plástico — diseñados para conferir flexibilidad y resistencia — pueden migrar al alimento.

Los plásticos no son materiales inertes. Se componen de polímeros a los que se añaden más de 12 000 sustancias diferentes, entre ellas plastificantes, bisfenoles, filtros solares y retardantes de llama. Estas sustancias pueden llegar al pescado por tres vías: contaminación de los mares, procesos de transformación alimentaria y, especialmente, la interacción con los envases durante su almacenamiento.

Resultados del estudio

Un trabajo pionero liderado por el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA‑CSIC), en colaboración con la Universidad de Florencia, y publicado en la revista Environment International, analizó por primera vez la transferencia de cuatro familias de compuestos — ftalatos, ésteres organofosforados, bisfenoles y plastificantes alternativos a los ftalatos — desde envases habituales a pescados bajo condiciones reales de uso doméstico. Los investigadores estudiaron salmón, atún y merluza, almacenados en dos escenarios típicos: en refrigeración (+4 °C durante 48 h) y en congelación (‑18 °C durante 30 días).

Los envases evaluados incluyeron bandejas de poliestireno, film transparente, bolsas zip‑lock para congelación y bandejas y bolsas compostables.

Los resultados demuestran que el frío no detiene la migración de los aditivos. Aunque las bajas temperaturas ralentizan los procesos, el tiempo de contacto se revela como un factor clave. El dihexil ftalato (DHexP), por ejemplo, mostró una migración significativa únicamente en las muestras congeladas, indicando que la exposición prolongada al plástico incrementa la transferencia.

La migración varía según el tipo de pescado. En especies grasas como el salmón, los compuestos más lipofílicos, como el plastificante alternativo DEHA, alcanzaron tasas de migración del 95‑98 %. En pescados magros con mayor contenido acuoso, como la merluza, se observaron mayores transferencias de bisfenoles, entre ellos el bisfenol A (BPA), que se disuelven mejor en agua.

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Las bandejas compostables de base celulosa presentaron los niveles más altos de plastificantes migrantes, superando a los plásticos convencionales. De hecho, la mayor exposición detectada en el estudio corresponde a merluza congelada en estas bandejas alternativas.

Los compuestos migrantes son en su mayoría disruptores endocrinos, capaces de imitar hormonas y provocar efectos crónicos a largo plazo, como infertilidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y ciertos cánceres. No provocan toxicidad aguda, pero su presencia continua en pequeñas dosis puede acumularse en el organismo.

Al combinar los datos de concentración tras la migración con los patrones de consumo de pescado en España, el estudio estimó la exposición por ingestión en bebés, niños y adultos. Los menores de edad, por su menor peso corporal, pueden recibir hasta diez veces más de estos tóxicos que los adultos. Mientras la mayoría de los compuestos no superan los límites de seguridad, los niveles de BPA detectados en varios casos exceden los nuevos valores de referencia establecidos por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) en 2023, que redujo la ingesta segura en 20 000 veces.

En términos regulatorios, la Ley de Residuos española aprobada en 2022 prohibió el uso de ftalatos y BPA en envases, pero los resultados del estudio indican que la normativa aún no se cumple plenamente en los productos comercializados en 2025. A nivel europeo, la restricción del BPA en envases alimentarios entró en vigor en enero de 2025, con un periodo de transición de 36 meses para su aplicación definitiva.

Ante este panorama, los expertos recomiendan medidas prácticas para los consumidores: reducir el tiempo de contacto del pescado con envases de plástico, preferir envases de vidrio para su conservación y evitar calentar alimentos dentro de plásticos o bolsas de cocina, ya que el calor acelera significativamente la migración de los aditivos.

El verdadero reto, sin embargo, es político y global: impulsar el diseño de productos cotidianos que, al final de su vida útil, no representen una amenaza para la salud humana.

Ethel Eljarrat, profesora de investigación del Departamento de Química Ambiental del IDAEA‑CSIC, y Maria Vittoria Barbieri, investigadora postdoctoral del mismo instituto, son las autoras del estudio.

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Carlos Mendoza Vargas Periodista

Licenciado en Comunicación Social con mención en Periodismo por la Universidad Central de Venezuela. Tiene 12 años de experiencia en cobertura de política nacional y conflictos sociales, con pasantías en medios internacionales como BBC Mundo. Especializado en periodismo de investigación y análisis político.

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