La verdad oculta tras el silencio del caso Salazar

Un silencio prolongado, denuncias archivadas sin respuesta y un caso que sacude hasta los cimientos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Así ha comenzado a desmoronarse el escándalo en torno a Paco Salazar, un histórico dirigente del entorno más cercano al presidente Pedro Sánchez, cuya caída no ha sido solo personal, sino que ha expuesto una falla estructural en el sistema interno de protección del partido frente al acoso sexual.

Un hombre con acceso directo al poder
Desde su regreso a la Moncloa en 2022, tras un breve paso por la presidencia del Hipódromo de la Zarzuela, Salazar recuperó paulatinamente un papel central en el aparato del partido y del Gobierno. Era uno de los pocos con acceso cotidiano al presidente, y su influencia trascendía su cargo formal. Como secretario general de Coordinación Institucional, actuaba como enlace clave entre el Ejecutivo y la dirección del PSOE, con un peso específico en análisis político y estrategia de campaña.
Sus habilidades para el trato personal, su discurso ágil y su reputación de conocer a fondo las encuestas lo convirtieron en una figura de confianza dentro del círculo sanchista. Durante años, muchos en la cúpula del partido lo dieron por seguro sucesor de Santos Cerdán en la Secretaría de Organización. Su ascenso parecía inevitable, hasta que dos denuncias por acoso sexual, presentadas en julio de 2024 a través del canal interno antiacoso del PSOE, paralizaron su carrera de golpe.
Las denuncias y el silencio institucional
- El 8 de julio se presentó la primera denuncia por escrito.
- El 28 del mismo mes llegó la segunda, con relatos detallados de presuntos abusos de poder y comportamientos sexuales inapropiados.
- Pese a ello, el órgano encargado no contactó con las denunciantes hasta mediados de noviembre.
- El sistema de denuncia, que protege el anonimato durante 90 días, no se activó de forma efectiva para avanzar en la investigación.
Las narraciones, reveladas por un medio digital, desvelan un patrón de humillación sistemática: comentarios sobre el cuerpo de las trabajadoras, exposiciones deliberadas desde su despacho, manipulación emocional. Uno de los detalles más impactantes: mientras revisaba trabajos, Salazar habría dicho que les ponía "una mijita de su polla". Las mujeres, que ejercían como asistentes en la Moncloa, describen un entorno de miedo, silencio y aislamiento.
Pese a los protocolos aprobados en mayo de 2024, Ferraz no actuó. Ni el Comité Anti-acoso, ni la Secretaría de Igualdad, ni los responsables directos en Organización dieron un paso. El silencio fue total. Tan prolongado que generó desconfianza, indignación y una crisis interna que, a junio de 2025, sigue sin resolverse de forma clara.
¿Encubrimiento o negligencia? Las rendijas del poder
En el partido, muchos rechazan hablar en público. Pero en privado, crece la tesis de que la inacción no fue solo un error administrativo, sino un acto de protección. Las sospechas apuntan especialmente a Rebeca Torró, secretaria de Organización y figura clave en la remodelación de la cúpula socialista. Aunque su entorno niega que encubriera a Salazar —afirman que fue quien más presionó para que abandonara su cargo antes incluso de conocerse las denuncias—, su cercanía con él y su autoridad sobre el funcionamiento de Ferraz la sitúan en el epicentro de las críticas.
También se señala a María Jesús Montero, vicesecretaria general, por no haber supervisado el proceso ni abierto una investigación interna más rápida. Además, pesa sobre ella la defensa pública de Paco Rodríguez, su número dos en Andalucía, quien semanas después de estallar el caso defendió a Salazar "poniendo la mano en el fuego" por él. Un apoyo que ahora resulta incómodo.
Y está Pilar Alegría: la ministra portavoz fue una de las pocas que salió en defensa de Salazar cuando las denuncias aún no eran públicas. Meses después, el 3 de noviembre, compartió un almuerzo con él en un restaurante de Madrid. Una imagen que circuló en redes y que muchos en el partido calificaron como inoportuna, incluso irresponsable. "Lo de Pilar no tiene nombre", dijo un barón regional.
El doble golpe: feminismo y credibilidad
El PSOE se define como un partido feminista. Tiene una mayoría de mujeres en sus cargos ejecutivos y ha hecho del discurso contra la violencia machista una de sus señas de identidad. Pero este caso, junto al de José Luis Ábalos y los problemas con el sistema de pulseras antimaltrato, ha generado una desconfianza creciente, especialmente entre las militantes.
El hecho de que dos mujeres hayan tenido que acudir al canal de denuncias interno y no al del Gobierno —donde también existía vía— se atribuye al miedo. Al temor de represalias, de no ser creídas, de quedar aisladas. "¿Por qué la bolsa de basura va a Ferraz si todo ocurrió en el Gobierno?", dijo una persona próxima al presidente. Una pregunta que no tiene respuesta clara.
Este viernes, el PSOE emitió una nota interna reconociendo que no ha estado "a la altura", admitió fallas en la comunicación con las víctimas y lamentó no haberlas "arrope suficientemente". Pero no explicó por qué pasaron casi cinco meses sin que se abriera una investigación, ni desveló de forma completa cómo funciona el Comité Anti-acoso ni por qué no actuó.
La ausencia del presidente
Hasta el momento, Pedro Sánchez no ha emitido una declaración pública sobre el caso Salazar. Aunque se espera que lo haga en la recepción del Día de la Constitución en el Congreso, su silencio prolongado ha alimentado la sensación de que el partido no toma el caso con la gravedad que merece.
Dentro del PSOE, crece el malestar. "Ferraz está vacío", dijo una dirigente feminista destacada. "El problema lo han creado los hombres, y ahora, ¿tenemos que resolverlo nosotras?". Otra voz territorial agregó: "Hay un cabreo enorme. Decepción. Tenemos a mujeres al frente del partido, de la organización, de Igualdad… y aun así esto ha pasado".
Mientras, en Moncloa y en Ferraz, se insiste en que Salazar no tiene ningún contrato como consultor ni mantiene reuniones oficiales. Pero también admiten que podría haber habido contactos informales. "No se pueden saber todas las llamadas que tenga el presidente", dijo una colaboradora cercana, "pero dudo mucho de que Sánchez haya hablado con Paco. Él le cortó la cabeza".
El escándalo llega en pleno arranque de la campaña electoral en Extremadura, un momento delicado para el partido. El caso Salazar no solo ha herido la credibilidad del PSOE, sino que ha puesto en jaque su compromiso con el feminismo. Y sin una explicación clara, cada hora de silencio se traduce en más desconfianza.

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