Pérez-Reverte, el reportero canalla que se quedó sin público al que contar la verdad
El pasado 6 de mayo, Arturo Pérez‑Reverte presentó su nuevo libro, Envío especial, y la exposición «Apareja, Fotografías de guerra», incluida en la edición 2026 de PHotoEspaña. Según el autor, ambas obras completan el “puzzle” de su literatura al rescatar crónicas y fotografías que habían quedado en el olvido, y que simbolizan experiencias vividas durante su juventud, experiencias que más tarde le sirvieron para escribir sus novelas.

Durante la charla con periodistas, Pérez‑Reverte recordó sus veintiún años como corresponsal de guerra y afirmó que su antiguo oficio “ha dejado de existir”. “No me lo han contado, lo he visto”, declaró, refiriéndose a la transformación del periodismo de conflicto.
El reporterismo de la “tribu” y la era digital
El escritor describió la época en que él y sus compañeros formaban lo que llama la “tribu”: un grupo de corresponsales que operaba en los márgenes de la legalidad para acercarse lo más posible a la verdad. En aquel entonces, el uso de sobornos o la coacción en situaciones límite se consideraba una herramienta del oficio, y sus reportajes se percibían como garantía de información veraz.
Hoy, el contraste es evidente. Pérez‑Reverte señala que la digitalización ha convertido a la guerra en algo “menos real” para el público. Herramientas como el OSINT (Open Source Intelligence) permiten verificar hechos –incluidos crímenes de guerra– mediante satélites, drones y la geolocalización de videos publicados por combatientes o civiles.
El autor sostiene que, en ocasiones, “es necesario mentir o delinquir para informar”, y advierte que la ética contemporánea entra en choque con esa visión. Para él, el periodista era un “delincuente necesario”, figura que ya no encaja en una sociedad que exige una responsabilidad moral estricta sobre cada acción.
Según Pérez‑Reverte, el mundo ha cambiado y ya no “quiere reporteros de guerra”. Comparó el bienestar de la sociedad occidental con vivir en un “capullo de algodón”, donde la temeridad de los corresponsales no tiene cabida.
El cambio más profundo, según el escritor, está en la audiencia. El espectador “ya no quiere que le estropeen la fiesta”; prefiere evadirse de una realidad cruda y cíclica de tragedias. Esta percepción coincide con estudios sociológicos sobre la “fatiga de compasión”, como los de Susan Moeller, que describen un desinterés creciente frente a la exposición constante a imágenes atroces en tiempo real. El público, según Pérez‑Reverte, busca una “guerra higiénica”, libre de visceralidad, y ya no exige la presencia de un testigo presencial para informarse.
En definitiva, Arturo Pérez‑Reverte se reconoce hoy como un extraño en el oficio que le dio la materia prima para sus novelas, y plantea que la ruptura del contrato implícito entre el corresponsal y la sociedad marca el final de una era del periodismo de guerra.
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