Esto no ha pasado 1x33: Agujas en el cielo
En julio de 1963 el ingeniero Bernard Lovell, director del famoso radiotelescopio de Jodrell Bank en Inglaterra, regresó a casa después de pasar tres semanas en la Unión Soviética. Al poco tiempo empezó a sufrir una dolencia que empeoró sin que los médicos pudieran identificar la causa. Meses después, el Ministerio de Defensa le presentó una hipótesis: Moscú habría intentado borrar de su memoria lo que había presenciado en una instalación secreta de Crimea. La antena de Jodrell Bank había sido la única del bloque occidental capaz de seguir el cohete Sputnik y, durante la crisis de los misiles, funcionó como el vigía nuclear del Reino Unido. Hasta hoy, los detalles exactos de aquel episodio siguen sin conocerse.

Más de seis décadas después, la disputa por el uso del espacio sobre la Tierra continúa. En octubre de 2026, el satélite militar ruso Kosmos‑2612 interceptó a un satélite comercial estadounidense cuyas imágenes son aprovechadas por Ucrania para diversas aplicaciones. Al mismo tiempo, la comunidad astronómica se enfrenta a nuevos retos para preservar la oscuridad del cielo nocturno, amenazado por las megaconstelaciones de satélites y por proyectos industriales como la planta de hidrógeno planificada a pocos kilómetros del observatorio de Paranal, en Chile.
El futuro del cielo nocturno bajo presión
Para comprender la magnitud del problema, hablamos con Xavier Barcons, quien dirigió el Observatorio Europeo Austral (ESO) hasta agosto de 2026. Barcos describió la iniciativa de Elon Musk de lanzar alrededor de un millón de satélites como una “solemne tontería” y un “riesgo serio para la astronomía”. Según él, la proliferación de satélites de baja órbita no solo afecta la calidad de las observaciones científicas, sino que también compromete la capacidad de los observatorios terrestres para seguir explorando el universo sin interferencias luminosas.
Barcons subrayó la necesidad de establecer normas internacionales que regulen el número y la trayectoria de los satélites, así como de proteger áreas clave para la observación, como el desierto de Atacama, donde se encuentra Paranal. En su opinión, la cooperación entre gobiernos, agencias espaciales y la comunidad científica es esencial para garantizar que el cielo siga siendo un recurso accesible y libre de contaminación lumínica y de residuos orbitales.
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