Andrea se despide y deja al descubierto a las viudas mediáticas de Ábalos

José Luis Ábalos, ya envuelto en la polémica del llamado “caso mascarillas”, ha perdido no solo su cargo ministerial, sino también parte del respaldo mediático que supo construir durante su tiempo en el Gobierno. En los primeros momentos del escándalo, algunos periodistas y presentadores cercanos al entorno político del PSOE se burlaron de las informaciones que apuntaban a irregularidades en contratos de material sanitario durante la pandemia. Sin embargo, en cuestión de días, muchos de esos mismos medios cambiaron radicalmente de postura, colocándose ahora al frente de campañas de “investigación periodística” sobre la corrupción que hasta hace poco ignoraron o incluso ridiculizaron.

La complicidad del entorno mediático
Este giro no es gratuito. El sanchismo, según múltiples observadores, ha sabido utilizar el poder económico del Estado para asegurarse la complicidad de ciertos sectores de la prensa. A través de campañas publicitarias, eventos institucionales y financiación indirecta, el Gobierno ha logrado mantener a raya o incluso cooptar a medios que, en teoría, deberían funcionar como contrapeso. Mientras el Ministerio de Transportes abría sus arcas, hubo quienes aplaudían sin cuestionar, despreciando con sarcasmo los primeros informes periodísticos sobre los contratos sospechosos que vinculaban a Ábalos con empresas como Soluciones de Gestión y Apoyo a Empresas. Fue necesario que el ministro fuera cesado para que algunos medios “vieran la luz”, como si la evidencia hubiera aparecido de repente, y no hubiera estado allí desde el principio.
Periodistas como Gonzalo Araluce y Alberto Sanz ya detectaron irregularidades desde las primeras páginas de sus investigaciones. Era evidente: los contratos pandémicos no respondían a criterios de urgencia o transparencia, sino a dinámicas conocidas, casi rutinarias, del clientelismo político. Lo de Ábalos y Koldo García no era un caso aislado, sino un claro ejemplo de cómo se instrumentan empresas públicas para beneficio particular, como ya ocurrió en casos anteriores como el caso Correa o el Club Pigmalión.
El teatro de lo real
- Ábalos, ahora en prisión, se ha convertido en un personaje casi folclórico: el vecino desdibujado al que una exnovia le lleva un tupper, como si fuera parte de un culebrón de televisión.
- Esa imagen genera cierta condescendencia, pero no borra las acusaciones de corrupción, cohecho y tráfico de influencias que la UCO ya investiga con documentos abiertos.
- Las tramas desveladas no son sofisticadas: comidas, viajes, joyas y favores sexuales forman parte del modus operandi de estos entornos, según los informes de la Guardia Civil.
Lo más preocupante no es el caso en sí, sino el comportamiento de los medios que, tras años de complicidad, ahora se revisten de galas éticas. Medios que nunca dudaron en alinearse con el poder cuando les convenía, aplaudiendo discursos sobre “regeneración democrática” en pleno auge del sanchismo, a pesar de que esos mismos discursos surgieron precisamente cuando las primeras señales de corrupción en el entorno más cercano al presidente comenzaron a aflorar.
El papel del régimen mediático
No se trata solo de corrupción institucional, sino de corrupción estructural del periodismo. Muchos de los que hoy piden donaciones para “seguir investigando” fueron los mismos que, hace meses, se mofaban de quienes sí lo hacían. La prensa afín al gobierno no actuó por ignorancia: eligió hacerse la vista gorda para seguir conectada al flujo de información, eventos y contratos publicitarios que emanan del BOE. Su ceguera fue selectiva, promovida por intereses económicos más que por ausencia de pruebas.
En un país que atraviesa una crisis de calidad política y periodística, la figura de Ábalos se convierte en un símbolo de una mediocridad que ya no sorprende, pero que duele. No es el peor del relato, pero sí uno de los más representativos: un político que perdió el rumbo, arropado por voceros que, tras años de silencio cómplice, ahora gritan contra la corrupción que ayudaron a ocultar.

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