Haz esto y parecerás tonto sin quererlo

Rodrigo Cortés, cineasta, escritor e ilustrador salmantino de 52 años, es un creador que encarna como pocos la versatilidad del arte contemporáneo. Desde muy joven soñó con dominar múltiples disciplinas creativas: pintura, literatura, música. Hoy, sin pertenecer exclusivamente a ninguna, las habita todas con profundidad y rigor. Su carrera refleja una constante búsqueda estética y emocional, marcada por una obsesión casi obsesiva por el detalle, la precisión y la autenticidad. Cineasta reconocido por títulos como *Gran Piano*, *Luces rojas* o *Enterro*, ha trabajado con grandes figuras de Hollywood como Robert De Niro, Sigourney Weaver, Uma Thurman o Ryan Reynolds. Pero su universo creativo trasciende el cine: ha publicado seis libros, entre los que destacan el sarcástico *Verbolario*, el experimental *A las 3 son las 2* y la brevedad literaria de *Dormir es de patos*. Además, ha llevado su curiosidad al formato de podcast con *Aquí hay dragones* y *Todopoderosos*, plataformas desde las que explora lo insólito con inteligencia y humor.

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Un homenaje al arte analógico en tiempos digitales

A pesar de su dominio de los medios contemporáneos, Cortés defiende con pasión las experiencias físicas del arte. El cine de sala, en pantalla grande, en la oscuridad y acompañado, es para él una forma casi sagrada de conexión. Lo practica tres o cuatro veces por semana y lo considera resistente, aunque herido: “Hoy están más vacíos que hace diez años, pero se están mostrando difíciles de matar. Si desaparecen, se pierde la mejor manera posible de ver una película”. Lo mismo siente por los libros: si bien celebra que se publiquen y compren más que nunca, advierte con ironía que “boom es lo que hacen las burbujas cuando estallan”. No obstante, ve con esperanza que, en un mundo cada vez más digital y efímero, donde discos y cines agonizan, el libro en papel resiste. “El lector sigue prefiriendo tocarlo, sentirlo. Hay algo físico, íntimo, que no se reemplaza”.

La piedra blanda: una fábula talada en linóleo

Su último proyecto, *La piedra blanda*, editado por Random House, es una obra híbrida que desafía categorías. Co-creada junto a su amigo de la infancia, el ilustrador y grabador Tomás Hijo, es una “fábula gráfica” nacida en el taller, no en el ordenador. Inspirada en la época medieval y en los orígenes del libro impreso, la pieza combina texto, grabado en linóleo inglés y una estética visual que obliga al lector a detenerse, a sentir el relieve. Cada página está tallada a mano con gubia, una herramienta tradicional de los tallistas. No hay margen para el error. “Grabar es herir, ilustrar hacia dentro, ahuecar del trazo lo que no es trazo para que sólo el trazo quede”, escribe Cortés en el prólogo.

  • Tomás Hijo recuerda el inicio del proyecto en un bar de Madrid, con Cortés devorando una tostada mientras le proponía una locura artística: un libro que no era cómic, ni novela, ni libro de arte, sino una mezcla única.
  • La obra se estructura como una sucesión de viñetas mínimas, dos como máximo por página, con frases cortas: “Me llamo Pedro de Poco. A veces tengo hambre. Cuando tengo hambre, mato un jilguero. Y me lo como”.
  • El protagonista, Pedro de Poco, es un personaje que “nació dos veces” —al lado del cadáver de su hermano gemelo, al que su madre mata para “equilibrar las cosas”—. Duro, inexpresivo, capaz de resistir el frío y el sufrimiento, evoluciona a través de vidas distintas: monje, pastor, levita, rescatado por sirenas.

Para Cortés, Pedro de Poco es “la piedra blanda”: dura por fuera, inaccesible, pero capaz de palpitar. El personaje no es un reflejo del autor, quien evita proyectarse directamente en sus creaciones. “Nunca he intentado que un personaje sea una marioneta de mis ideas. Me interesa más explorar lo opuesto, defender posturas ajenas. Aunque, al final, uno siempre se delata, aunque sea por omisión”.

Toda la obra fue construida sobre el diálogo constante entre texto e imagen. Cada palabra tenía que ganarse su lugar en la plancha. Las discusiones entre Cortés y Hijo fueron intensas: modificaciones repetidas, ajustes de tamaño, ubicación de imágenes, incluso debates sobre reducciones del 2%. “Hemos terminado usando ‘un pelín’ como unidad de medida”, bromea Hijo, quien asegura que llegó a cuestionar la longitud de una tilde. La portada, con un jilguero, un bosque y un relieve marcado, es la plancha más valiosa que guarda en su estudio. Tocarla es ya parte de la experiencia.

*La piedra blanda* no solo cuenta una historia, sino que la materializa. Es un viaje físico y emocional, un tren incierto al que el lector sube al abrir la primera página. Un homenaje al arte lento, al trabajo artesanal, a lo que no se borra con un clic. Como el cine de sala, como el libro de papel, como la grabación manual: formas que, aunque minoritarias, resisten. Y en esa resistencia, Cortés encuentra sentido.

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